Necesitamos un nuevo Sistema Nacional de Salud

Julián Ezquerra Gadea, secretario general de AMYTS

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Hacer un repaso de la historia de los últimos 30 años de la Sanidad en España es un ejercicio que me produce cierta nostalgia, una sensación de tristeza y, sobre todo, la certeza de que los políticos, en general, no la consideran como una prioridad.

El cambio que se generó en la política allá por 1982 -año en el que se da un paso importante en este país, donde se consolida el inicio de una apuesta por el cambio político-, un periodo de consolidación democrática en el que comienza la alternancia entre los dos grandes partidos que representan la derecha e izquierda moderada, significó un importante cambio también en el concepto que se tenía sobre la Sanidad.

La Ley General de Sanidad 14/1986, de 25 de abril, dice en su primer párrafo: “De todos los empeños que se han esforzado en cumplir los poderes públicos desde la emergencia misma de la Administración contemporánea, tal vez no haya ninguno tan reiteradamente ensayado ni con tanta contumacia frustrado como la reforma de la Sanidad”. Han pasado más de 30 años y esta frase, si cabe, sigue siendo tan válida como lo era entonces. Ya entonces se introduce la idea de los convenios especiales y los conciertos como alternativa a la clásica y casi exclusiva gestión directa de las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social.

Posteriormente, en 1997, la Ley 15/1997, de 25 de abril, sobre habilitación de nuevas formas de gestión en el Sistema Nacional de Salud añade nuevas posibilidades de gestión, un intento de cambiar cosas que parecían limitar la gestión de los centros sanitarios. Esta ley ha sido permanentemente cuestionada, posiblemente más por ideología que por ser cuestionable su valía. A día de hoy, sigue siendo objeto de “batalla política”, no solo entre la izquierda y la derecha, también entre las diferentes izquierdas.

Hemos vivido el crecimiento de las concesiones, aquel primer “modelo Alzira”, su expansión y crecimiento, su posterior “reversión” -no exenta de problemas que no se han resuelto de forma satisfactoria-, los modelos PFI (Private Finance Initiative), el afortunadamente frustrado modelo Madrid de privatización de 6 hospitales, y los hospitales fundación, empresa pública, etc. Muchos intentos de cambio y ninguno de ellos se ha consolidado como una alternativa real.

Todos los intentos de cambio, a mi juicio, solo persiguen una cosa: “abaratar” la Sanidad, buscar fórmulas de gestión que en apariencia generen eficiencia, evitar lo que se conoce como rigideces del modelo de la Administración Pública y, sobre todo, de la gestión de los recursos humanos, flexibilizar los contratos, facilitar contrataciones, despidos, compras sin el rigor de los interventores, etc. Una suerte de “mantras” que los gestores y políticos ven siempre como justificación de la mala gestión.

También he visto como en estos años la apuesta por la Sanidad, por considerarla una inversión y no un gasto, está lejos del ideario de los diferentes gobernantes que hemos tenido. El PIB destinado a Sanidad es insuficiente, por debajo del de los países de nuestro entorno. Tenemos un gran Sistema de Salud, sin duda, un modelo de éxito, envidiado por muchos países, eso sí, basado en el esfuerzo de los profesionales y sus bajos salarios en comparación con los colegas de los países de nuestro entorno. Pero el Sistema no aguanta más.

El progresivo deterioro del Sistema Nacional de Salud ha sido notorio. Plantillas escasas, falta de facultativos de muchas especialidades, desde luego en el caso de médicos de familia y pediatras de Atención Primaria más que evidente, empecinamiento de los diferentes responsables del Ministerio de Sanidad en el no reconocimiento de nuevas especialidades más que necesarias, algunas tan evidentes y consolidadas en todo el mundo occidental como Urgencias y emergencias, Infecciosas, etc., todo ello sumado a que la pandemia de la Covid-19 ha puesto en evidencia los muchos problemas que tiene este Sistema Sanitario. Se han generado unas listas de espera tan importante que ya no es posible satisfacer las necesidades asistenciales de los pacientes en tiempos razonables. El Sistema ha hecho crisis y requiere un profundo cambio.

Un cambio basado en el consenso entre los diferentes partidos políticos, con una financiación suficiente, finalista, que dé solución a dos grandes problemas: por una parte, la disponibilidad de profesionales suficientes y bien reconocidos y, por otra, la imprescindible mejora de las infraestructuras y tecnología. Sin ello, y sin la implicación y participación de los profesionales, disponer de un Sistema Sanitario propio del siglo XXI y de un país puntero será imposible.

Para finalizar, necesitamos “reinventar” el Sistema, hacerlo sin prejuicios políticos e ideológicos, pensando en lo que necesitan los profesionales para poner sus extraordinarios conocimientos y capacitaciones al servicio de los ciudadanos y pacientes, y digo bien, ciudadanos y pacientes, pues Sanidad no es solo atender al que enferma, Sanidad es también evitar que se enferme, apostar la Salud Pública, la prevención y educación para la salud, eso que hemos visto como una importante debilidad a lo largo de la gestión de la pandemia de la Covid-19. Y que se entienda que la base del Sistema, la que sustenta todo, es la Atención Primaria, la eterna abandonada, la peor financiada. Y no podemos olvidar a los servicios de urgencias, extrahospitalarias y hospitalarias, dónde se atiende esa patología que no admite demora y que salva unas vidas que sin su existencia estarían condenadas a su fin. De la asistencia hospitalaria, decir que se apoye y dote de forma adecuada, pero para atender a sus necesidades y no solo para tener esas fotos publicitarias que acompañan a sus grandes logros y adquisiciones de tecnología que tanto gusta al político de turno.

Como las casualidades no existen, ¿veremos de nuevo un 25 de abril una nueva Ley de Sanidad que dé solución a todos los problemas de cara a los próximos 30 años? Yo no la veré como profesional, pero me gustaría disfrutarla como ciudadano y paciente.

Siempre inicio mis artículos con una frase, pero en esta ocasión será para concluir. Dice Samuel Johnson que “es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción”. Quiere tener esperanza.

¡Y, por último, felicidades a EL BOLETÍN por esos 30 años y por otros 30 más!

**Julián Ezquerra, médico de Familia y secretario general de AMYTS