Los clérigos de la catedral de St. Paul, San Pablo, en Londres trataron de convencer ayer a los indignados, allí acampados en protesta contra los abusos del sistema financiero global, de que abandonaran el lugar por las buenas para evitar el desolojo por parte de Policía.
Las movilizaciones ciudadanas forzaron el cierre del templo durante semana pasada por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, aunque éste reabrió sus servicios al público el pasado viernes.
«Nadie quiere la violencia», les recordó el obispo de Londres, quien se comprometió a amplificar el mensaje de los indignados a través de un debate público siempre que se comprometan a desmontar la acampada.
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Los indignados y el sermón de San Pablo
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