“Me robaron la mitad de la tía”

El Cementerio de Colón en La Habana

Algo sabido, estudiado y comprobado que en tiempos de crisis económica aumentan los delitos tipificados como robo o hurto con otros apellidos más que si fue al descuido o con violencia. Tan amplio es el Código Penal como esos actos que la gente conoce o sufre a diario en Cuba.

Y que conste que estamos muy lejos de lo que ocurre en otros sitios de este mundo, aunque detesto las comparaciones que casi siempre son desacertadas.

Si el presidente de la República en su última intervención allá en la ciudad de Cienfuegos señaló la necesidad de batir con más fuerza a la delincuencia no fue por mero placer o porque lo despojaron de una bicicleta mientras se ejercitaba. Por suerte para las autoridades, la delincuencia no está organizada. De lo contrario estaríamos ante un jaque mate económico irreversible.

Por las redes sociales la denuncia del robo de la dentadura con piezas de oro que tenía un paciente hospitalario cuando le llegó su hora y también a los amigos de lo ajeno para apropiarse de algo de mucho valor. El suceso, que no es sorpresa, se ha repetido más de una vez en esta vida cuando al difunto o herido de gravedad lo despojan de sus bienes terrenales. Por ahí van de igual modo los aretes de una señora o el reloj del otro. Desaparecieron en el corto viaje de la sala a la morgue.

Y como todo lo humano tiene un colmo, la gota que colma la copa, un cercano amigo recibió lo suyo.

Esto de profanar tumbas para robos y actos de brujería data de la época colonial. Algo tienen las osamentas chinas a esos efectos, que sus huesos son muy codiciados. Lamentablemente, el rito sigue en pie.

Resultó que un empleado de la necrópolis de Colón, que le atiende el panteón familiar en sus ratos libres, le hizo una llamada de urgencia para que fuera cuanto antes al camposanto capitalino. El hombre no salía de su asombro en medio de la quietud aparente que guardan esos sitios de “última morada” como suelen decir las crónicas fúnebres.

Faltaban dos esqueletos de unas primas. Lo peor me lo confesó él mismo con aires del más trágico humor negro:

-Me robaron también la mitad de mi tía María Luisa.

¡Y miren que, a falta de algo más novedoso, recitamos eso de que en paz descanse!