Marruecos, el polvorín de enfrente

Sidi Boula
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Quince personas, quizás más, murieron ayer en la aldea marroquí de Sidi Bualán, en la región de Esauira, en una avalancha por conseguir comida. En una verdadera batalla por conseguir alimentos. Es una noticia triste, que demuestra que la pobreza tiene muchas maneras de matar, y que, aunque parezca lejana, ha ocurrido aquí al lado, como quien dice. Marruecos es nuestro vecino próximo, con el que compartimos fronteras marítimas y terrestres, y aunque con frecuencia nos despreocupemos sobre lo que allí ocurre y lo contemplemos como algo distante, son hechos muy variados y casi todos susceptibles de afectarnos.

El incidente de Sidi Bualán es grave en sí pero mucho más si se suma a la inquietud global que despierta la situación política que se vive en el país donde la desigualdad y la pobreza se agravan en cuanto se las compara con lo que ocurre en la ribera norte del Mediterráneo, concretamente de España, a sólo catorce kilómetros. Bien puede decirse que lo que ocurre en Marruecos ocurre ahí enfrente, o ahí al lado si se contempla desde Ceuta y Melilla, puede convertirse en un nuevo problema desestabilizador para España. Marruecos es al mismo tiempo uno de los mejores amigos de España pero también el más peligroso.

Como amigo, con una amistad siempre inestable y expuesta, está la fuerte relación económica existente y en los últimos tiempos la contención que desde allí se ejerce ante la presión migratoria de muchos de sus habitantes que sueñan con cruzar el Estrecho y venirse a Europa. Lo mismo que ocurre con las decenas de desesperados subsaharianos que esperan allí el momento para saltarse las vallas o para embarcarse en arriesgadas peripecias marítimas para arribar a las costas andaluzas o murcianas.

La pobreza, a menudo miseria, que sufre una buena parte de la población marroquí es una amenaza que se agrava en estos meses por la dura sequía que está agostando los campos de cultivo, impidiendo que prosperen las siembras, secando las fuentes y abrevaderos del ganado. Los incidentes de estos meses pasados en Alhucemas anticiparon un ambiente de descontento general que las dádivas apresuradas del Gobierno no consiguieron amortiguar.

La tensión se mantiene en el Norte, en toda la región del Rif, mientras sobre el Sahara sigue pesando la incertidumbre, los líderes políticos de tendencia religiosa que gobiernan se hallan bastante divididos y la relación del Ejecutivo con el todopoderoso Monarca flaquea También hay que sumar, y no es poco, la expansión del fundamentalismo islámico y del yihadismo que sólo la eficacia y dureza policial consiguen evitar que se desborde. No se ha olvidado el atentado de Casablanca ni frecuencia de terroristas marroquíes implicados en los principales atentados cometidos en Europa.