Opinión

Malditas comparaciones

Recuerdo que de niño no había una sola vez que visitara a mi amigo Luis Felipe para que su mamá Bellita, que no andaba muy bien de la cabeza, nos pusiera de espaldas a ambos y chequera nuestro crecimiento. Dos o tres centímetros de más y ya la mujer comenzaba a preocuparse, interrumpir al marido en  la lectura del diario e iniciar cuentas además de interrogarme acerca de qué desayunaba, que si después de haberme realizado la circuncisión tenía mayor apetito.

Ya de adulto tuve en casa la visita de un amigo español que desde que puso un pie en la isla no hacía más que colocar en la balanza a Madrid con La Habana hasta que un día, con solapada molestia, le advertí que tal ejercicio era cosa de tontos, que Cuba no admitía comparación con nada de este mundo. Y, para resumir, que debía adaptarse a ver lo absurdo como lo cotidiano.

Pero como bien dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y más también, heme aquí en Ottawa, Canadá, pasando unos días con mi hijo mayor, haciendo un esfuerzo por evitar mirar a ambos lados el nivel tan estricto de limpieza y recogida de basura en esta ciudad y el gran relajo-desorden ornamental y sanitario de la otra desde donde vine.

Y así, en una interminable sucesión comparativa que le da a uno, finalmente, hasta por mirar la noche celestial. Una, poblada de estrellas; la otra, con sólo un lucero en el firmamento.

Tomo asiento bajo un roble para observar el trabajo de tres hombres que podan un árbol en la casa del vecino canadiense. Ni una voz, mucho menos un grito, bolsas especiales para guardar las ramas, todos los aditamentos necesarios en la labor, sin pedir café ni agua y, para colmos, una sierra portátil que funciona en el más absoluto silencio.

Sonreía como un demente confinado a la sombra porque en Cuba el escándalo llegaría lejos con los gritos, los golpes del machete sobre los troncos, la pedidera constante que si una lima, una tijera o “un cafecito ahí”, los piropos para esas mujeres que al pasar mueven con tentadora armonía las nalgas, los celulares a todo volumen con el insoportable  reguetón y el descanso constante del personal entre otros ingredientes.

Todo, para volver a lo mismo, que esto de las comparaciones es cosa de subnormales, que hacerlo te ganas un buen dolor de cabeza y de otras partes del cuerpo, que somos incomparables, únicos, destinados por la Divina Providencia y sus embajadores en tierra a ser diferentes…

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Malditas comparaciones

Aurelio Pedroso

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