La razón de la guerra

Bashar Al Assad, presidente de Siria
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Hay veces, pocas y triste es reconocerlo, en que la guerra, la peor muestra de la inconsciencia y la brutalidad humanas, está justificada. Lo estamos viviendo en estas últimas horas ante la noticia de que la aviación norteamericana ha bombardeado la Siria que un par de días antes había atacado con gases y armas químicas, prohibidas por todos los tratados internacionales, una región en poder de los rebeldes dejando centenares de víctimas, muchas infantiles.

Es triste, sí, que una salvajada contra la especie humana haya tenido que ser frenada en seco con otra siega de vidas como supondrá esta represalia a bombazo limpio. Matar nunca arregla nada pero hay que reconocer que en defensa propia a veces está justificado y es comprendido por los demás.

En pocas ocasiones una acción militar norteamericana despertará tanta comprensión e incluso aplauso como ésta cuyas consecuencias todavía no intuimos. Es dramático que para evitar muertes haya que empezar matando pero la realidad de lo que está ocurriendo en Siria empieza a resultar comprensible. En aquella guerra enquistada y endiablada en la confusión de sus frentes, hay un enemigo odioso para la humanidad civilizada que es el Estado Islámico o Daesh. El yihadismo hay que aplastarlo sin contemplación, pero en la guerra de Siria no es el único combatiente que mata con todas las alevosías.

Lo hace desde un principio el régimen dictatorial de Bashar al Assad que con tal de perpetuarse y preservar la corrupción que reina en su entorno, no duda en sacrificar las vidas de los conciudadanos que tendría la obligación de proteger. Se ha visto muchas veces, pero nunca de manera tan sangrante como en esta utilización ignominiosa de armas químicas, que carece de escrúpulos. Es intolerable que atrocidades así las cometa un grupo terrorista como es el yihadismo pero aún lo es más cuando el instigador y ejecutor es un Gobierno reconocido por la comunidad internacional como legítimo. Y más intolerable y nauseabundo aún que lo haga con la condescendencia, ayuda material y defensa diplomática de Rusia, un miembro del Consejo de Seguridad de la ONU que es quien más debería velar porque hechos así no ocurran.

Por eso, bien mirado, el preocupante bombardeo con que acaba de estrenarse militarmente Donald Trump, merece cierta comprensión. Y no tanto por cuanto encierra de represalia, que puede sin duda propiciar consecuencias más graves, sino sobre todo por la ejemplaridad que implica. Lamentablemente el Gobierno de Siria, que combate a sus enemigos desde su condición de dictadura familiar, corrupta e implacable, no escucha razones democráticas ni humanitarias. Por lo tanto, se vuelve lógico que necesite algún aviso serio de que no puede seguir dejando matar y matando de la peor manera para mantenerse en el poder. Bienvenido sea este bombardeo si evita, cosa por otra parte dudosa, que la utilización de armas químicas en cualquier conflicto no vuelva a repetirse.

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