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La provocación que no cesa

Las fieras amenazas lanzadas por Donald Trump contra Corea del Norte no han cundido efecto. Lejos de intimidar al régimen que preside Kim Jong-un, sus misiles susceptibles de portar cabezas nucleares – al menos eso asegura la propaganda del régimen – siguen alterando la precaria paz – por llamarle de algún modo, claro – internacional. Estados Unidos ya ha hecho casi todo, incluidas maniobras militares en la Zona, para frenar esa escalada de pruebas alarmantes tanto para Corea del Sur como para Japón y alguna isla como Guam por el medio.

En la última semana fueron disparados tres misiles de corto alcance y en lo que parece ser una prueba límite para la paciencia de un presidente de impaciencia probada y de gatillo fácil, como es Trump, han lanzado uno que por primera vez ha sobrevolado Japón. Las preguntas que todo el mundo se hace es si realmente lo que quiere el siniestro Kim Jong-un es provocar una guerra y si los sensatos que quedan en la Administración norteamericana van ser capaces de contener la ira del Presidente.

Trump ya ha demostrado con sus presupuestos para defensa y sus primeros escarceos en Siria que la idea de perpetuarse en la historia con una guerra no le produce asco. Pero meterse en un conflicto de semejante envergadura, con el peligro para otros países y la perspectiva de tropezar con una resistencia rocosa, son consideraciones que las personas sensatas – y tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado siguen influyendo en las decisiones -– se harán.

El problema en sus esencias es que tanto Kim Jong-un como Donald Trump, dos sujetos tan esperpénticos como peligrosos, necesitan políticamente la tensión y llegado el caso el recurso a las armas. Al norcoreano es seguramente la única forma que le queda de mantener distraída a una sociedad que es lógico que quiera salir de la opresión y amenace su poder hereditario. Entre tanto, el norteamericano también necesita distraer a sus conciudadanos del deterioro imparable de su imagen, que muchos consideran ya con el cerebro desajustado.

Un medio está Corea del Sur, uno de los países más prósperos del mundo, con una capacidad tecnológica asombrosa y una incidencia en la economía internacional susceptible de que cualquier contratiempo afecte seriamente a los mercados. Ahora mismo todas las posibilidades están abiertas. Habrá que esperar con el alma en vilo a ver qué ocurre. Hay razones para pensar que una vez más la tormenta pasará pero no hay menos argumentos para pronosticar que cualquier día, aunque lejanas las armas nos darán un susto.

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La provocación que no cesa

Diego Carcedo

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