La guerra más difícil

Policía
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Nadie duda ya que quienes queremos la libertad estamos librando una guerra encarnizada con el yihadismo; con el extremismo islamista. Una guerra defensiva porque nos ha sido declarada por unos enemigos que lo que pretenden es imponernos su cultura anacrónica, algo muy difícil de aceptar, bajo la amenaza contra nuestras vidas. Es una guerra cruel que parte del ataque a traición y valiéndose de un armamento muy sencillo que se reduce a cuanto sirva para matar, desde un simple cuchillo de cocina hasta una bomba potente pasando por una furgoneta de apariencia inocente lanzada a toda velocidad contra unos desafortunados transeúntes. Todo les vale para causar daños humanos que les colme su odio fanático contra quienes piensan que pecamos por no compartir sus creencias.

Los gobiernos, que tienen la obligación de garantizar la seguridad de los ciudadanos multiplican los esfuerzos para derrotar por amenaza terrorista que nos tiene a todos como objetivos potenciales. Pero por más que se logran avances en esa lucha, la realidad nos está demostrando que no se ha encontrado la solución. Por más que se anticipan nuevas iniciativas en esa lucha, y por más que se intenta reducir la inquietud colectiva que la amenaza causa, la triste realidad es que todo se revela insuficiente: cuando parece que se han conseguido avances decisivos, los terroristas cambian de escenario y nos recuerdan que siguen apuntando nuestras vidas y no van a desistir de atacarlas.

Juegan con muchas bazas a su favor que impide que se les pueda combatir con los mismos métodos. Uno decisivo es ese desprecio a la vida ajena pero también a la propia con que actúan. Pero también cuentan, para nuestra desgracia, con la dificultad que existe para ponerle fin a una guerra de esta naturaleza. Atacar con la fuerza militar acabará, no cabe la menor duda, con la ocupación del territorio que les proporciona cobertura y base de operaciones, el llamado ISIS o Daesh. Pero eso no será suficiente. La experiencia está demostrando que los asesinos se hallan diseminados y listos para matar por muchos lugares.

Es muy difícil localizarlos y en los países democráticos difícil perseguirlos desde las sospechas. En muchos momentos les protegen las leyes que existen en los estados de derecho donde se les ha acogido y proporcionado nacionalidad o en muchos casos donde han nacido y conviven. Por mucho que las fuerzas de seguridad extremen sus esfuerzos y mejoren sus sistemas de detección, esta calaña de terroristas siempre contarán con la impunidad que les proporciona ocultarse desde la imagen de normalidad que disfrutan y les permite pasar inadvertidos.

Las guerras terminan cuando uno de los bandos gana o cuando ambos bandos se avienen a pactar soluciones de paz. En esta guerra en cambio, difícil como ninguna que se recuerda, negociar la paz es poco menos que imposible: no existe un responsable claro con quien tratar ni posibilidad real de poder partir diferencias ni pactar diferencias.