Cataluña

La gran equilibrista

Es sorprendente la capacidad que Ada Colau tiene para exhibirse desde el trapecio de la dialéctica intentando nadar entre todas las aguas del conflicto catalán.

Ada Colau, alcaldesa de Barcelona

La verdad es que siempre había tenido una buena opinión sobre Ana Colau, la actual alcaldesa de Barcelona. No la conozco personalmente pero estos años pasados la escuché algunas veces y me pareció una mujer especialmente dotada para la política que prometía ejercer un liderazgo serio entre las nuevas generaciones. Aunque populista en sus planteamientos críticos, a menudo bien fundamentados, veía en ella seriedad y sinceridad a la hora de defender, bien es verdad que a menudo de manera bastante ingenua, los problemas de las clases más desfavorecidas, agravados por la austeridad irresponsable con que se pretendía salvar la crisis.

Su ascenso inesperado a la Alcaldía de Barcelona me ratificó estas primeras impresiones. Para empezar me gustaba que una persona de condición modesta y sin preparación elitista ni experiencia en cargo público asumiese una responsabilidad que quizás le venía grande pero desde la cual con su independencia de muchos poderes fácticos podría romper moldes de gestión sin dependencias de intereses partidistas ni mucho menos de corruptelas a todas las escalas. Han pasado bastantes meses y ahora sigo valorando, y mucho su habilidad, aunque ya no como política transparente y honesta ante la sociedad, si de equilibrista.

Es sorprendente la capacidad que tiene para exhibirse desde el trapecio de la dialéctica intentando nadar entre todas las aguas del conflicto catalán. Tanto cuando interviene como cuando no interviene nunca sabes si realmente está diciendo que sí, que no o todo lo contrario al mismo tiempo. Resulta admirable escucharla escaquearse de lo que hace y no hace, como se mueve y se oculta, como intenta engañar sin comprometerse ella con nada de lo que hace o decide. La otra noche la escuché en una entrevista en la cadena SER y admiré su capacidad para no responder imperturbable a las hábiles y pertinentes preguntas que le formulaba la entrevistadora. Escuchando sus respuestas vacías se quedaba uno con la duda de si es que el cargo le ha endurecido la cara maternal que siempre tuvo o se ha engreído tanto que piensa que los demás somos tontos.

Su ambigüedad y proclividad a querer estar a bien con Dios y con el Diablo en política tuvo su etapa pero ya no se lleva. Y menos ante un conflicto como el catalán que obliga a tomar partido y no sólo ante los catalanes de diferente signo, y menos desde una Alcaldía en que el titular debe ser y comportarse como alcalde de todos, explicar sus decisiones con claridad, asumir las responsabilidades y nunca pretender engañar ni a quienes te han votado ni a quienes no concuerdan con tus planteamientos. Ada Colau da la impresión de que ya se ha convertido a la política que detestaba. Quizás por bisoñez o tal vez porque el poder y el ansia de conservarlo la ha vuelto ambiciosa, cínica y cautelosa, en realidad la imagen que está dando estos días más que la de una mujer seria y con capacidad para dirigir, es la de una veleta movida con fuerza por los vientos del Ampurdán

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