Categorías: Opinión

¿Hasta cuándo?

Corrupción a diferentes niveles de las sociedades la hay en muchos países. No hace tantos días nos sorprendían los chanchullos que hacen algunos diputados franceses para ponerles sueltos a sus familiares. En algunos lugares, como Méjico por citar otro ejemplo, la corrupción se rebaja a la condición de corruptela apodada mordida que compensa a ciertos servidores públicos de sus exiguos salarios. Pero en España la corrupción, que está alcanzando verdaderos records internacionales, anda por arriba, desde el poder Ejecutivo que es entre los tres el que maneja los dineros de todos y tiene, por lo tanto, las mayores posibilidades de meter las manos en el cajón y sacarlas llenas y de generar nuevos millonarios a través de esa versión del hampa.

Hace mucho tiempo que los escándalos, llámense Matas en Baleares, Camps o Barberá en Valencia, Fabra en Castellón, Gürtel o Pública en Madrid, Granados o González en un etcétera interminable que además aún no ha terminado, vienen conmoviendo los cimientos de la confianza en los servidores públicos de los españoles. Aunque hay muchos políticos honrados que no se han llevado un euro ajeno, a estas alturas nadie puede convencer ya a los ciudadanos que quienes proponen, debaten y prometen contribuir al bien general con su inteligencia y esfuerzo no lo están haciendo para enriquecerse. Lo menos que se puede decir de cuanto se lee, se ve y se escucha es que esto es una vergüenza.

Una vergüenza colectiva que afecta tanto a quienes incurren en semejantes tentaciones de apropiación indebida como a quienes por acción, omisión o negligencia las permiten o toleran con su pasividad. Alarma más que sean personas que nos gobiernan y administran el dinero que con tanto esfuerzo aportamos cada mes a las arcas del Estado, de la Comunidades y de los Ayuntamientos, quienes carezcan de principios elementales y se lo lleven crudo. ¿Qué diferencia hay entre estos delincuentes de sonrisa y corbata que nos roban desde sus despachos en complicidad con otros intereses espurios con los atracadores que asaltan bancos o rateros que nos sacan la cartera del bolsillo en el Metro?

La vergüenza, que en realidad sería mejor considerarla preocupación colectiva se agrava con detalles cuando trascienden los tejemanejes sobre el funcionamiento de algunos departamentos o titulares de las fiscalías lo mismo que el encubrimiento que los partidos, y en este caso concreto el Popular, practican para evitar que el escándalo protagonizado por sus personas de confianza se conozca, los culpables paguen su merecido y los votantes deserten. Y deprime aún más que ante este panorama social no haya reacciones contundentes: de unos dando un golpe en la mesa y de otros, de todos en este caso, que no cuidemos más a quienes confiamos la misión de administrarnos honradamente.

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¿Hasta cuándo?

Diego Carcedo

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