Un buque escuela ruso, el Perekop, en puerto habanero; un submarino gringo de propulsión nuclear fondeado también por unos días en aguas que nos pertenecen allá por Guantánamo. Uno frente al otro, mirándose de frente, en un pulso sacado de receta más que conocida.
Una acción tal vez maquinada por expertos de gran calibre en este tipo de confrontación o de lo contrario, en sabiduría popular, rivalidad en el barrio, donde alguien pone a máximo volumen un reguetón y el vecino la Quinta Sinfonía de Beethoven. Probar fuerzas que aquí estoy, que argumentos y justificaciones hay para seleccionar de cara al gran público.
Estampa de guerra fría entre dos potencias y nosotros los cubanos en el medio del percance cuando estamos ocupados en otros menesteres vitales. Nuestra posición geográfica, codicia de grandes en la economía, lo militar y hasta para veranear.
Lo único que faltó en tal escenario fue un globo chino, con un norcoreano invitado en primera clase al vuelo, observando el barquito escuela y el temible tiburón submarino estadounidense.
Menos mal que al final, calabaza, calabaza, cada uno para su casa hasta un nuevo episodio.
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