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El último mártir

A Carles Puidemont le ha fallado su aspiración de ser proclamado héroe y en su huida por las frías estepas de Flandes ahora lucha contra los elementos para ser proclamado mártir. En principio parece que cuenta con lo que aparentemente sería más difícil, que la Iglesia le incluya en las listas de los mártires franquistas de la Guerra Civil que está proclamando a oleadas, pero en su amada Cataluña, donde pretendía perpetuarse como el primer presidente de la República y salvador de la oprimida Patria, no va faltarle algún monseñor revestido de pontifical que le eleve a los altares del independentismo por lo menos en calidad de beato.

De momento le están saliendo bien las cosas: conforme pasan los días y aumentan las penurias, sus seguidores, que antes eran verdadera masas enarbolando esteladas a su paso por la Rambla, le van abandonando a su suerte mientras sus benefactores comienzan a regatearle el estipendio semanal que necesita para mantener en vida la austeridad debida a su condición de víctima. Hoy pocos se acuerdan ya de él, porque quien escapa a Bruselas suele regresar contaminado de europeísmo, y él hace esfuerzos para no llorar cuando pasa delante de los modernos edificios de las instituciones comunitarias.

Mira, se supone que con nostalgia, aquellos despachos acristalados donde nadie le recibe ni le escucha. Sólo su fe inquebrantable en el independentismo que se convirtió en su razón de ser y estar le mantiene en pie clamando en el urbano desierto. Viéndole vagar por aquellas tierras, donde a veces encuentra el aliento de algunos compañeros de sueños pero sin entender ni una palabra de cuanto hablan, nada sería de extrañar que su vocación se rebele bajo su potente tupé y eche de menos el oropel de su pasado reciente mientras espanta tan duros pensamientos como si se tratase de una mosca que revolotea a su alrededor. ¡Lo fácil que le hubiese sido mantenerse en su condición de honorable! Pero a lo hecho hay que echarle pecho.

Perdido el título y privado del nutrido sueldo de ex Presidente que le garantizaba un perpetuo buen pasar, apenas le queda la alternativa de ejercer de problema frente a cualquier solución. Quizás queden en su tierra personas que le reconozcan su sacrificio en lucha por sus ideales, pero no seguramente serán más que las que le culpan de muchos de los males que su obnubilación políticamente suicida causó a sus economías, empresariales y domésticas, y a su buena convivencia. Como consuelo le queda imaginar que dentro de algunos siglos la Historia le depare un recuerdo exiguo de su paso por una sociedad a la que engañó y con cuyas ideas jugó igual que en el recreo de un colegio.

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El último mártir

Diego Carcedo

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