El PP valenciano mira al retrovisor: Camps, Zaplana… y otros fantasmas del pasado

Entre rumores, bromas y llamadas cruzadas, el nombre del sustituto de Carlos Mazón se mueve entre la melancolía y la incredulidad.

Mariano Rajoy y Francisco Camps
Mariano Rajoy y Francisco Camps

En los pasillos del PPCV se respira una mezcla de desconcierto y déjà vu. Mientras Carlos Mazón se debate entre la dimisión y la resistencia, los nombres que suenan para sustituirle parecen salidos de una máquina del tiempo: Eduardo Zaplana, Francisco Camps, e incluso algún exconseller que todavía conserva traje, corbata y agenda de contactos. La política valenciana, que siempre ha tenido un pie en la tragicomedia, vuelve a girar sobre sus viejas glorias.

Carlos Mazón ha dimitido, pero nadie sabe muy bien cuándo se irá. En el PP valenciano, la noticia se celebra a medias: entre el alivio por el final de una etapa y la angustia de no tener ni idea de quién viene después. Porque, mientras el president saliente sigue en el cargo “hasta que sea oficial”, los pasillos de la Generalitat se han convertido en una pasarela de rumores, y algunos nombres que creían enterrados empiezan a resucitar con fuerza.

El regreso de los sospechosos habituales

En la sede del PPCV hay quien jura que ha escuchado de nuevo los apellidos Camps y Zaplana, pronunciados con una mezcla de sorna y resignación. “No lo digas muy alto, que igual alguien se lo toma en serio”, piensan algunos. El partido, dicen, atraviesa una fase de negación colectiva: nadie quiere asumir el vacío, y mientras tanto los viejos líderes asoman la cabeza por los resquicios de la nostalgia.

Entre bromas, filtraciones y llamadas cruzadas, los nombres de Camps y Zaplana vuelven a circular como si el tiempo se hubiera detenido

Algunos veteranos evocan los años dorados —y oscuros— de la política valenciana, cuando la corrupción se medía en metros cuadrados y los aeropuertos sin aviones eran símbolo de modernidad. El PP valenciano parece condenado a repetir sus propias pesadillas, solo que ahora sin aplausos ni orquesta.

Un relevo que no llega (y nadie quiere asumir)

El problema, admiten en privado, es que no hay sucesor claro ni consenso real. Los alcaldes se esconden, los consellers hacen cálculos, y desde Génova llega un silencio que pesa más que cualquier comunicado oficial. Feijóo observa, pero no decide; los aspirantes callan, pero se mueven. Nadie quiere aparecer demasiado pronto ni demasiado tarde.

La dimisión de Mazón ha desatado un sálvese quien pueda en el PPCV, con Feijóo mirando de lejos y los barones locales jugando al escondite

Mientras tanto, Mazón sigue sentado en el sillón de un despacho que ya no le pertenece, despachando papeles y prolongando su despedida con la cortesía del que sabe que el relevo no está preparado. En la práctica, gobierna por inercia: un presidente dimitido que sigue firmando decretos entre cajas de mudanza.

El revival del PP valenciano

Entre tanto, en los mentideros políticos de València se habla de un “revival” en toda regla: un partido atrapado entre su propia hemeroteca y un futuro que nadie sabe escribir. Camps aparece en las conversaciones con la misma naturalidad con que reaparece cada diciembre el anuncio del turrón. Zaplana, por su parte, es citado como quien menciona a un viejo amigo que “sigue en forma”.

La crisis ha devuelto al partido a su eterno punto de partida: los mismos apellidos, los mismos gestos y la misma incapacidad para cerrar el pasado

Los más jóvenes observan entre el estupor y el escepticismo. “Nos pedían renovar el partido, pero parece que el casting lo dirige Cuéntame”, es el comentario que emerge entre ellos. Nadie ríe demasiado: saben que las bromas en el PP valenciano suelen acabar convertidas en realidad.

Epílogo para un presidente interino

Así, entre la dimisión anunciada y la despedida que no llega, el mazónismo se disuelve en una mezcla de cansancio y desconfianza. Lo que iba a ser un cierre ordenado se ha convertido en un sainete burocrático. Y mientras la Generalitat aguarda un nuevo inquilino, los pasillos se llenan de rumores, nostalgia y alguna que otra carcajada amarga.

El PP valenciano, fiel a su tradición, ha logrado lo imposible: que la incertidumbre parezca un homenaje a sí misma.

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