Durante el juicio, el sargento taquígrafo-mecanógrafo no cesaba de trabajar al tiempo que fijaba con extremo interés la vista en el abogado defensor del cabo. Al finalizar, absuelto el acusado de varios delitos imputados por el fiscal, se le acercó dispuesto al letrado.
-Soy Fulgencio Batista y Zaldívar, doctor. Su acto de defensa me ha conmocionado. Créame que lo felicito de todo corazón por su brillante oratoria. Me gustaría invitarlo a una cerveza.
-Gracias, sargento -respondió-, pero no bebo cerveza, sino maltina Polar.
Pocos años después, el sargento asume al poder de la República con grados de coronel, le llama a su despacho para nombrarlo comandante honorario y encargarle la redacción de un nuevo código penal militar. La propuesta y petición fueron aceptadas.
MEDIO SIGLO DESPUÉS
A mediados de los años 80s del siglo pasado llegó a nuestra redacción en la revista Moncada el amigo, escritor y colega Juan Chongo Leiva tras haber descubierto casi oculto en un pequeño apartamento del Vedado habanero, en la calle Humboldt número 103, edificio Josefina, a un personaje de extremo interés de pies a cabeza: el abogado criminalista Carlos Manuel Palma, más conocido en su tiempo como Palmita.
Chongo traía consigo numerosos procesos judiciales donde Palmita había desempeñado su labor defensora y en todos ellos había resultado triunfador. Eran numerosos, algunos citados en el libro “Siete casos criminales famosos”, publicado en 1940. Como se ajustaban al perfil editorial de la publicación, fueron publicados comenzando por la defensa que hiciera a un comunista de aquellos tiempos que jugó un importante papel en la historia revolucionaria después del triunfo de 1959 que derrocó a Batista, Blas Roca Calderío, presidente del Parlamento desde su fundación en 1976 al 1981.
Todos, menos el del cabo insurgente. Palmita temía que aquello le acarreara algún problema con las autoridades y hasta apareciesen las fotos de él ataviado de comandante junto al dictador Batista.
Chongo a petición de Palmita, estaba entonces escribiendo un libro acerca de la vida del notable abogado, pero llevaba al mismo tiempo su pasión por la historia de los fascistas alemanes en la isla y ello inquietaba al protagonista, quien más de una vez me reclamaba apurar a Chongo.
Finalmente, toda la papelería, fotos e importantes documentos pasaron a mano de otro amigo, colega y escritor interesado en tan ajetreado accionar del locuaz abogado. Nunca pudo concluir el empeño. Una lluviosa tarde se privó de la vida al mismo estilo que Hemingway con una escopeta de caza. Por mucho que intenté rescatar todo aquel material, nunca apareció. La viuda ni se molestó en buscarlos.
Palmita, en extremo sanguíneo para su avanzada edad, murió a los pocos días nada menos que por ir en busca de par de jureles entregados por cartilla de racionamiento. Su esposa Mercedes trató en vano de que desistiera toda vez que por la numeración de la cartilla no le correspondía esa semana, pero el otro, hecho tal vez para convencer, le aseguró que los lograría. Y así fue. Al regreso, no tuvo en cuenta la presencia de un autobús de pasajeros que transitaba por la calle Infanta que lo atropelló letalmente casi en la entrada del propio edificio donde vivía.
Al día de hoy, tal vez en la Logia Masónica, donde era habitual, lo recuerden por sus charlas y conferencias. Que conozca, sólo un consagrado periodista, Ciro Bianchi Ross, le dedicó una de sus crónicas de época cuando relató la defensa de Palmita ante el inminente cierre del cabaret Tropicana solicitado por los curas del Colegio de Belén y vecinos de la instalación en 1940.
Le escuché varias veces la historia del proceso al propio Palmita, que todo lo que argumentaba lo demostraba con recortes de prensa. En un momento, el conde de San Juan de Jaruco, vecino del lugar, alegó que ya no se podía dormir de noche y el abogado no tardó en replicar que “si el señor conde no puede dormir de noche, pues que lo haga por el día”.
La última “huella” dejada por Palmita tuvo una existencia efímera en los primeros años de Revolución: la revista Show, dedicada al amplio mundo farandulero habanero, acusada falsamente de pornográfica.
El doctor Carlos Manuel Palma, con el tiempo, forjó una sincera amistad conmigo. A tal extremo que cumplió con su palabra al mostrarme una tarde de mutuas confidencias “el álbum secreto de mi vida”, un compendio de fotos de hermosas mujeres que había amado en su ya prolongada existencia pronta a cumplir los 90 años de edad.
Practicaba el espiritismo con sana devoción y en beneficio de sus allegados. Ya fallecido, fui llamado por su viuda Mercedes para cumplir con una voluntad llegada del más allá: la entrega de su placa de abogado criminalista que lucía en la antigua Manzana de Gómez, además de un extenso y bien complicado texto donde se detallaba cómo comunicarse con los espíritus ausentes…