Economía para miopes

Mariano Rajoy con Soraya Sáenz de Santamaría
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La economía es una ciencia que parece enrevesada pero a poco que se profundice la conclusión es que todo su entramado se fundamenta en principios elementales. Quienes mejor dominan esos principios son las amas de casa tradicionales cuyos objetivos en el manejo de las finanzas, y particularmente de la inversión, consisten en llegar a fin de mes. En los grandes negocios los objetivos se cifran en conseguir beneficios cada vez mayores, cuentas de resultados cada vez mejores, como si para ganar dinero no hubiese límites.

La primera conclusión práctica de los gestores con visión clara es que el éxito económico no está tanto en gastar menos sino en ganar más. Ya sé, ya sé, que esto con frecuencia no es posible, pero debería ser la meta a alcanzar. En España la crisis económica y la manera con que fue afrontada desde el Gobierno, llevó a que este principio básico fuese desdeñado lo cual ha causado verdaderos desastres. Aunque ahora hay atisbos, la vuelta a la normalidad se vuelve lenta y difícil.

La influencia foránea, que ignoraba que afectaba a seres humanos, y la docilidad de unos gestores públicos sin visión clara ni de presente ni de futuro, llevó a una degradación de las economías, empezando por las domésticas, deplorables. Todo consistió en recortar los salarios, mandar a millones de trabajadores al paro y, quizás lo más grave, a paralizar la cadena que lleva al crecimiento, al desarrollo y en definitiva a la mejora de las cuentas de resultados y del bienestar de los ciudadanos.

Nadie duda que el gasto necesitaba freno temporal para recuperar luego la velocidad, pero seguramente no con la brusquedad y persistencia con que se ejecutó en España. Han pasado bastantes años, muchos, y por más que se alardee que el problema está resuelto la realidad demuestra que no es así; es más, que dista mucho de resolverse. Hace unos días el presidente Rajoy recomendaba ahorrar. “¿Ahorrar qué?”. Más que una pregunta se convirtió en un clamor.

Nadie puede ahorrar lo que no tiene. Los salarios, que no llegan, apenas se han movido y en consecuencia, el gasto tampoco. Por lo tanto, ¿con qué? Las cabezas pensantes y actuantes siguen obcecadas en intentar que los indicadores macroeconómicos mejoren para luego poder presumir. Pero se olvidan que para que la economía mejore, tanto macro como doméstica, es imprescindible que haya dinero circulando, no recluido en “sicavs”.

Sólo con dinero circulando el comercio aumentará las ventas, la distribución intensificará su actividad y la industria incrementará su producción. Con mayor producción industrial crecerán el empleo y las exportaciones y se logrará una mayor recaudación fiscal gracias a la cual mejorarán los servicios y la inversión pública. Con la congelación sine die de los salarios, todo esto es imposible.

Una política de austeridad tan brutal como la sufrida no sólo condena a una o dos generaciones a numerosas penurias como son la falta de oportunidades de empleo o la depresión generalizada de las empresas. No sirve argumentar ahora que se evitó un rescate. Otros países, como Irlanda y Portugal, lo afrontaron y hoy sus economías son más pujantes que la española cuya evolución positiva no ha sido tanto consecuencia de la dureza impuesta como a la aportación exterior o ayuda europea.