Sun Kil Moon
Impresionante. Está es la mejor descripción que se me ocurre para intentar explicar las sensaciones que me ha producido la atenta escucha de Benji, el nuevo disco de ‘Sun Kil Moon’, el nombre del grupo unipersonal utilizado por el cantante, guitarrista y compositor Mark Kozelek para firmar sus últimos seis trabajos. Y, aunque no podría asegurar, de momento, que este disco vaya a hacer historia, hay una cosa que sí está clara, pocas veces un artista ha realizado un desnudo integral tan profundo.
Kozelek ha puesto en este álbum tanto de si mismo, de su historia, de su propia vida familiar y de los acontecimientos que le han marcado, que es imposible sentir indiferencia ante estas once canciones. Y eso sucede incluso si los oyentes no entienden demasiado bien las letras o no conocen con exactitud las referencias con las que juega el artista en este álbum, tal vez demasiado locales para muchos de nosotros.
A pesar de esta barrera inicial, las canciones de este disco están tocadas del don de la universalidad y Kozelek ha conseguido salir completamente ileso de este salto mortal sin red, que dignifica a la música popular de hoy. Y eso debería ser un motivo de satisfacción para cualquier amante de la buena música, con independencia de cuál sea su género favorito.
Y también quizá ayudar a reflexionar a algunos artistas y algunos medios especializados españoles que nunca considerarían calificar con la máxima nota un disco como este si hubiera sido realizado por músicos españoles y estuviera cantado en castellano. En cambio, la crítica anglosajona se ha volcado con este álbum. Hasta la más moderna.
Vaya por delante que no se trata de un disco fácil. Kozelek revela sus intenciones ya desde el título. Benji es el nombre de una película que tuvo éxito a finales de la década de los 70 del pasado siglo, justo cuando sucedieron muchas de las historias que se narran en este álbum de Sun Kil Moon que es, sobre todo, una celebración del poder de la palabra como elemento sonoro y del discurso minimalista y la sobriedad instrumental como apuestas. Se trata, sobre todo de evitar que la audiencia centre su atención en elementos que no sean esenciales para entender lo que se cuenta.
Decíamos que este es un disco valiente. Y lo es en casi todos su presupuestos. No hay, por ejemplo, ningún problema en dejar que estas canciones pobladas de densas estrofas e interminables textos duren lo que tengan que durar. Tampoco en tratar temas incómodos, como la muerte vista desde muchos y muy diversos ángulos. Incluso resulta conmovedor que Kozelek se haya atrevido aquí a dedicarle una canción a su madre y otra a su padre, ambos ancianos ya, sin miedo a ser baqueteado por las ´hordas’ indies que tanto le han amado.
También resulta ser una demostración de coraje, su decidida apuesta por el folk estadounidense más clásico, cercano a Leadbelly o Woody Guthrie y alejado de artistas contemporáneos como Villagers, Basia Bulat o Sufjan Stevens que han empezado a jugar con la electrónica en sus últimos trabajos. Una opción descartada aquí en una ajustadiísima producción firmada por el mismo, donde mandan los arpegios de guitarra, con cuerdas de nylon o acero, y no sobra ni una nota cuando ocasionalmente intervienen otros instrumentos para aportarle vitaminas al conjunto.
De hecho, Kozelek tampoco ha contado con demasiados músicos esta vez. Pero todos los que intervienen hacen aquello que requieren las canciones. El compositor y productor toca todas las guitarras, el bajo y el xilófono y cuenta con el excomponente de Sonic Youth Steve Shelley para las baterías y con Owen Ashworth para los pianos.
Luego hay otras participaciones ocasionales, entras las que hay que destacar los coros de Will Oldham, también conocido como Bonnie Prince Billy, y de Jen Wood. No ha hecho falta más para tejer la leve red en la que se mecen unas melodías secas pero memorables que funcionan como simples correas de transmisión de los once relatos cortos que incluye este álbum.
Es probable que quienes, por una simple cuestión generacional, hemos vivido situaciones similares a la que se cuentan aquí nos sintamos especialmente identificados con la trágica historia que Kozelek cuenta en los más de diez minutos que dura ‘I Watched the Film The Songs Remain The Same’, donde las referencias al tiempo en que esa película de Led Zeppelin se estrenó sirven de marco a una epopeya adolescente que termina mal. Y, a pesar de ello, reivindica la felicidad colateral a haber conseguido sobrevivir en un mundo que era, al menos para los protagonistas de esta historia, tan peligroso como triste.
Tampoco acabó demasiado bien ‘Carissa’ una prima del compositor que protagoniza la primera canción del disco y que, en este caso, murió por culpa de una absurda explosión. Ni el asesino en serie Richard Ramirez, a quien Kozelek dedica aquí una canción, ni las víctimas del pistolero psicópata de quien se habla en ‘Pray for Newton’.
Ni muchos de los encuentros sexuales que el artista detalla en ‘Dogs’ un tema que es a la vez un diario amoroso y un sutil homenaje a los Pink Floyd de Animals. Un disco que no llegó a gustar del todo a las legiones de fans que el grupo británico poseía en su época de esplendor, pero del que Kozelek no se ha olvidado.
En definitiva si están en un momento bajo no se acerquen a este álbum porque incluye sentimientos fuertes y gran música, pero no va a contribuir demasiado a elevarles el ánimo. Sin embargo, sería un error que lamentarían luego no prestar atención al impresionante trabajo realizado aquí por Mark Kozelek, en el sexto disco que firma con el apelativo de Sun Kil Moon, y que es, por ahora, su mejor disparo. Casi a la altura del repertorio más selecto de tipos tan ‘poco recomendables’ como Johnny Cash o Tom Waits. Ahí es nada, oiga.







