Más artistas dispuestos a seguir el ejemplo de la estrella del country y retirar su música de las plataformas como Spotify En una tumultuosa rueda de prensa celebrada esta semana, la estrella estadounidense del country y el pop Taylor Swift aderezó el anunció de su nueva gira mundial con otra noticia sorprendente: su decisión de retirar todos sus discos de la plataforma de reproducción de música en ‘streaming’ Spotify.
La dimensión internacional de la artista y su gran poder de convocatoria ha hecho que casi toda la prensa mundial se haga eco de la noticia. Pero no es el primer caso. Y, muy probablemente, no será el último.
El modelo de negocio, la reproducción en ‘streaming’ que algunos analistas consideraban decisivo para la salvación del negocio, no acaba de arrancar. Los ingresos son escasos y el pago que reciben los artistas, y sus oficinas management y discográficas, casi irrelevante.
O, al menos, insuficiente para lo que consideran justo los músicos. Especialmente aquellos que, por sus cifras de audiencia, tienen una mayor capacidad de presionar.
Además, consideran que el ‘streaming’ reduce todavía más que la piratería la posibilidad de vender copias físicas de los lanzamientos discográficos, cada vez más orientados, por otra parte, a mercados de nicho, como las ‘renacidas’ ediciones en vinilo.
De hecho, ‘1989’, el nuevo disco de Swift, tenía unas previsiones iniciales de venta de 800.000 copias para su primera semana, que se han convertido ahora en 1,7 millones, entre otros motivos, por su decisión de sacar su música de Spotify.
Radios a la carta
De cumplirse las expectativas, el álbum de Swift casi vendería en sus primeros siete días en las tiendas, seis veces más que ‘Ghost Stories’ de Cold Play, que hasta ahora tenía la mejor marca del año con 383.000 copias.
De momento, Internet se ha llenado de rumores sobre los próximos grandes nombres que se unirán a la diva del pop. Pero, tal vez esa ‘rebelión’ de los artistas ‘multivendedores’, que parece estar en marcha, no sea exactamente una buena noticia para la cultura, en general.
Cada vez parece más obvio que los servicios de reproducción de música en ‘streaming’ se mostrarán dispuestos a elevar los porcentajes de sus ingresos que entregan a los artistas más vendedores.
A cambio, quizá haya quien incluso tenga que pagar por acceder a un medio de promoción que ya sólo aspira a convertirse en un duro competidor de las emisoras de radio especializadas.
Lo que no estaría mal para su negocio, aunque les situé lejos de las mesiánicas pretensiones de sus inicios, cuando se decía que iban a aportar el modelo de negocio del futuro a una industria musical a la que la tecnología había situado al borde del colapso.
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