Soberano atrevimiento de mi parte comentar un libro que aún no ha llegado a mis manos, pero que ya viene en camino desde Madrid. Si fuese necesario acudiría sin demora alguna ante mi amigo el cura párroco de la comunidad y juraría, diestra sobre la Santa Biblia, que jamás volveré a cometer tamaña osadía.
Conozco la obra de Leonardo Padura, escritor insigne de nuestra generación. No es mi amigo. Estudiamos juntos en el preuniversitario René O Reine, en La Víbora y jamás cruzamos ni media palabra. Hace unos pocos años nos atendíamos con la misma dermatóloga. Al entrar a consulta ahí estaba él, tal vez más preocupado por algún problema en la piel que por hablar de aquellos años (1967) en que militarizaron el centro de estudios y poco menos que había entrar marchando a las aulas.
Vivo ansioso al arribo de esta nueva entrega (Morir en la arena) que no me defraudará y despertará viejos recuerdos. Lo más parecido a cuando de joven aguardaba por la llegada de una novia al banco del parque. Para nada equivocado estuvo aquel veterano que certificó que nada une más a los hombres que una guerra.
Nuestro grupo, la mitad de una batería de morteros 120 mm, integrado por reservistas y reclutas del servicio militar, vivió una muy singular experiencia aquellos años 1977-78-79. Todos listos para el regreso a casa después de haber cumplido en Angola, y el pedido de Fidel Castro para que marchásemos a una nueva misión que supimos el lugar cuando el Boeing de Ethiopian Airlines tocó tierra en la noche de Luanda para tragarnos a todos de un solo sorbo.
Cada hombre joven que vivió esa desgarradora experiencia cuenta su propia historia y por seguro estarían de total conformidad con el cantautor argentino León Gieco cuando en Sólo le pido a Dios, repite par de veces que la guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte”. Así deberá pensar también Rodolfo, el personaje, de su estancia en Angola.
Atrincherado, con fusil de asalto y una lata de sardinas rusas, a la espera de Morir en la arena.