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Entrumpados

Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
Las medidas económicas del futuro presidente siguen siendo una incógnita pero el mercado ya ha tomados sus decisiones
El triunfo electoral de Donald Trump ha descolocado a la parroquia y obligará a gestionar un entorno todavía más complejo. Y aunque la persona o el personaje frecuentemente repelen al buen gusto, ofenden la dignidad humana y amenazan tormenta, al nuevo presidente habrá que juzgarle por sus hechos y decisiones. Tiempo habrá para ello.
 
Ya habíamos comentado que el reparto de los dividendos y costes de la globalización no está siendo ni muchos menos equitativo y que la gestión de la crisis financiera ha agravado la asimetría. Estados Unidos no ha sabido o podido adaptarse completamente al impacto de la globalización. Muchos otros padecemos la misma afección, con síntomas incluso más molestos. Y cuando la percepción social es que los partidos tradicionales son incapaces de ofrecer soluciones alternativas, se lanza una moneda al aire y del desenlace tanto puede surgir una amplia regeneración democrática como abrirse la caja de Pandora. Si éste último es el caso, todavía nos queda por ver nuevos episodios del relato.
 
Pero quien no espera acontecimientos son los mercados financieros. Y éstos se adaptan con celeridad al futuro que consideran más probable. Trump no asusta porque, pese a desconocer todavía quien llevará las riendas de la secretaría del tesoro, descuentan la aparición de políticas menos intervencionistas y fiscalmente más expansivas. Si Obama no pudo con la reforma fiscal a las grandes fortunas, no esperen que la futura administración Trump avance por dicho camino. Más probable es que veamos recortes de impuestos y nuevos beneficios fiscales, confiemos en que no sólo para los más pudientes. Por el lado del gasto, se vaticina un aumento considerable de la inversión pública en infraestructuras y (tal vez) en defensa. Los efectos previsibles son bien conocidos: aumento del déficit fiscal, incremento de la deuda pública, reaparición de la inflación, ascensos progresivos de los tipos de interés, vaivenes considerables en los mercados de deuda y una apreciación del dólar generada por los flujos de inversión financiera internacional.
 
Ya se compara este hipotético escenario con el dislate económico de la administración Reagan, obcecada con la mágica curva de Laffer (disminuir impuestos para aumentar recaudación al tiempo que se expandía el gasto), que obligó en 1985 y 1987 a dos acciones concertadas entre los miembros del G7 para tratar de contener la presión especulativa sobre el dólar: los llamados acuerdos del Plaza y del Louvre.
 
Ciertamente, cuando la integración económica aumenta es cuando más necesaria son la coordinación internacional y el escenario internacional actual requiere urgentemente de una nueva política económica, al cual debería contribuir un impulso fiscal por parte de las economías menos endeudadas. Pero para que sus efectos se dejaran sentir con toda su intensidad, sería necesario que los mercados estuvieran lo más abiertos posibles. No parece ir por ahí la retórica del nuevo presidente.
 
El problema es que además el contexto actual es muy distinto al de hace 30 años. Hoy los mercados financieros están mucho más integrados y el nivel de deuda exterior es elevado en casi todas las moradas. Por si fuera poco, los niveles de desigualdad social son considerables, la producción global está fragmentada en complejas cadenas de valor y los principales bancos centrales alardean de su independencia política.
 
Si el dólar se apreciase considerablemente, la industria norteamericana menos competitiva redoblaría su presión en pro de un mayor proteccionismo. Si las tensiones inflacionistas reverdecen y la rebaja de impuestos no alcanza a la mayoría, tampoco remitirá el descontento social de las clases menos opulentas. Y si a causa del riesgo inflacionario los tipos de interés aumentan más rápidamente de lo previsto, no sólo asistiremos a la caída en los precios de la deuda soberana, también veremos una renovada pugna entre la Reserva Federal y la secretaría del tesoro, reviviendo las mejores épocas del antaño gobernador Volcker en su combate contra viento y marea con los efectos inflacionistas del reaganomics. Eso sí, en contrapartida, los mercados de renta variable probablemente tendrán nuevas oportunidades para subirse al tren alcista.
 
Ahora mismo, nada más que escenarios posibles construidos a partir de una interpretación osada de lo que pueda pensar el mercado. Pero, por si acaso, habrá que estar muy atentos en el futuro a cada una de las intervenciones de la gobernadora Yellen, mientras ella y (tal vez) la independencia política de la Reserva Federal duren en el cargo. Tiempos interesantes...
 


*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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