Babalao
“Ya nadie viene en busca de remedios o soluciones para la salud o con problemas de otro tipo que no sean aquellos relacionados con la seguridad de tener éxito en el afán migratorio desde el comienzo del papeleo en cualquier embajada hasta la buena fortuna en un audaz viaje con selva de por medio”, le ha confesado a un amigo de toda confianza que no suele exagerar en las conversaciones.
Ahora mismo no puedo dar fe, aunque apostaría a que sí. En un tiempo no muy lejano, el jardinero de la embajada española no cesaba de recoger día tras día toda una suerte de ofrendas arrojadas para asegurar visa y viaje. Y más adentro, en la papelería a presentar en el consulado, los precavidos funcionarios empleaban guantes ante la cantidad de cascarilla (polvo de cáscara de huevo) que iba entre los documentos. Y no porque fuera venenosa, sino por temor a otras sustancias bien dañinas y conocidas.
Nadie debe dudar que el hombre esté pensando montar una suerte de oficina o consultoría para operaciones migratorias basado en su sabiduría y dominio de las reglas de Ifá mediante un peculiar sistema adivinatorio especializado en pasado, presente y futuro. Ya me parece leer su hipotético eslogan: “Conmigo, usted sí llega”.
Y créanme que no le faltarán candidatos, aunque se lamente que sus ahijados hayan tomado otros caminos. Como dice una popular canción, acudirán a él con el pegajoso y ya memorable estribillo de “¡Padrino, quítame la sal de encima!”.
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Un babalao sin ahijados
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