El presidente de La Rioja, el siempre opaco Pedro Sanz Alonso, es quien ha adoptado medidas para evitar la mala imagen de la pobreza en una región tan rica. Los pobres son poco decorativos, hay que reconocerlo. A nadie le agrada encontrarse con un mendigo con la mano extendida ni cruzarse con un ser humano esquelético que implora un bocata de mortadela. Hay muchos alcaldes, como el de Valladolid sin ir más lejos, que han adoptado disposiciones para prohibirlos. Así de sencillo y así de cruel. El difunto Jesús Gil, cuando ejercía sus trapisondas desde el Club Financiero de Marbella, ejercitaba su autoridad municipal obligando a los menesterosos a que, por las buenas o por las malas, abandonaran la ciudad. No quería que su indigencia alterase el bienestar farniente de los turistas.
Ahora es el presidente de La Rioja, el siempre opaco Pedro Sanz Alonso quien ha adoptado medidas para evitar la mala imagen de la pobreza en una región tan rica. No quiere que en el verano abran los colegios para que los niños de familias sin recursos se aseguren una comida diaria. Es triste, dramático, que en esta España oficial, que ya presume de recuperación económica, haya muchos niños mal alimentados porque sus padres, muchos en el paro y sin ayudas, carecen de lo más elemental para poder proporcionarles tres comidas diarias.
Pero el presidente, con el inri de ser maestro y por lo tanto mejor conocedor del drama, cree que eso dará mala imagen a la Comunidad Autónoma que con tan penosos principios representa. No quiere que trascienda que en La Rioja hay pobres de solemnidad y quizás que alguien concluya que hay pobres de solemnidad porque el Gobierno de su partido lleva años imponiendo recortes a los ciudadanos sin pararse a considerar los efectos que semejante insensibilidad está teniendo. El mandamás riojano además no quiere que los niños que tengan que acudir a los comedores sociales vivan su vida estigmatizados por el lastre de haber sido pobres y haber tenido que ser socorridos.
Es decir, que el señor Sanz entiende que mejor que quedarse marcados de por vida por haber pasado hambre, quizás lo más práctico es que los niños riojanos asuman secuelas físicas por la mala alimentación que sufren o, incluso, Dios no lo permita, que se mueran de hambre. Pero mala imagen, no. Otros colegas suyos, como la propia María Dolores de Cospedal, quieren hacer lo mismo, nada de abrir comedores escolares por la emergencia, pero por lo menos ella no lo argumenta de manera tan insolidaria ni nauseabunda.
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Esconder a los pobres
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