Lagarde no desaprovecha oportunidad para exaltar la austeridad, a la pobreza le llaman así ahora, a que hemos sido sometidos pero le parece poco. En cinco años los hogares españoles han visto descender los ingresos en un 11 por ciento, que se dice bastante pronto y no hay sociedad que lo digiera. Los recortes, despidos, eres y aumento de impuestos aplicados por el Gobierno siguiendo las indicaciones de la Troika han sido un éxito. Los resultados están a la vista. Rajoy deberá sentirse incomprendido por los millones que dejaron de votar al PP pero orgulloso de haber conseguido lo que ya ha conseguido: que en España actualmente veinte cada cien ciudadanos son pobres y el 27,3 por ciento bordea el riesgo de exclusión social.
Avanzamos raudos a cifras y porcentajes de miseria del Tercer Mundo, ámbito del que, ingenuos de nosotros, creíamos haber salido para siempre. Pero no, volvemos a donde solíamos y mucho me temo que para durar. Contamos para conseguirlo con la valiosa ayuda de dos mujeres forasteras pero poderosas — para que luego Arias Cañete desprecie la capacidad intelectual de las mujeres –, la alemana Angela Merkel y la francesa Christine Lagarde, azote desde la torre del FMI de los desfavorecidos. A Lagarde, que le gusta la moda cara y el lujo burgués, se nota que a los españoles quiere vernos pidiendo limosna.
No desaprovecha oportunidad para exaltar la austeridad – a la pobreza le llaman así ahora – a que hemos sido sometidos pero le parece poco. Tenemos que apretarnos más aún el cinturón o mejor renunciar a llevarlo y dejar caer los pantalones para movernos en pelota picada, como hacen los papúes. Para ello sigue dando instrucciones que Cristóbal Montoro seguramente llevará raudo y veloz al Consejo de Ministros uno de estos días para que se proceda a su ejecución inmediata. Se trata de aumentar más aún el IVA, impuesto del que no se libra nadie, rebajar deudas a Hacienda de las empresas y facilidades para bajar los salarios.
Para comprobar que se hace así, sin rechistar ni contemplar los baches de las carreteras, las colas ante las oficinas del INEM, las aglomeraciones ante los comedores sociales, los carteles de “cerrado” de los negocios, los desahucios en progreso y los suicidios en aumento, volverán a Madrid los indeseables hombres de negro y al marchar dirán, para dejar contento al Gobierno, que todo va bien, sin preocuparse de tantos estómagos vacíos, y se cerciorarán de que siguen las penurias de la gente. Los resultados de las elecciones europeas no servirán de gran cosa, porque el Gobierno ha perdido millones de votos pero se ha apuntado un record de estímulo a la pobreza que no hay gitano que se salte.
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Pocos pobres todavía
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