Aquí no dimite ni el Tato… hasta que Esperanza Aguirre exige explicaciones. Entonces, todos abandonan el barco, sumisos y contentos. Qué curioso. Francisco Granados, que ayer parecía tan suficiente, ha anunciado que dimitirá justo después de que Esperanza Aguirre, la lideresa, haya salido a decir públicamente que el tipo debe una explicación. No es la primera vez; a Alberto López Viejo y a Benjamín Martín Vasco ya les hizo lo mismo.
Mientras unos se dedican a aplaudir a Esperanza por su aparente capacidad para mantener la corrupción fuera de su círculo, otros, como mi jefe, no dejan de preguntarse con cierta sorna qué es lo que tiene ella que consigue, en un lugar y un partido en el que dimitir es poco más o menos que subir al cadalso y en donde por consiguiente nadie lo lleva a cabo, forzar dimisiones a mansalva. ¡Qué extraña varita mágica (¿o deberíamos decir «espejito, espejito»?) guarda en sus ropajes la marquesa!
El único que se ha librado hasta el momento es Ignacio González, lo cual no deja de ser un tema recurrente para según qué sobremesa. Ya saben, el del ático que proclama su inocencia por todos lados. Como la proclamaba también ayer Granados, por cierto. Como todos.
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Las misteriosas habilidades de Esperanza
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