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La Infanta imputada

«Hoy escuece recordarlo pero ante la presencia de los Duques de Palma se rindieron honores y hasta la bandera se agachó» Si con suerte prospera el recurso presentado por Miguel Roca la Infanta se librará de hacer el paseíllo a los juzgados de Mallorca justo el día de la Mujer Trabajadora, que ya es casualidad de calendario y hasta un poco coña judicial. Si una maniobra ágil de su abogado le aleja del patíbulo mediático la Infanta Cristina saldrá indemne de su viacrucis penal pero lo que no va a conseguir es borrar su sombra de los tejemanejes y chanchullos en los que ha estado metida. Ya se puede poner la mantilla y dar cuarenta golpes de pecho que su imagen va a estar asociada a la de su marido el todavía Duque de Palma.

Imputada no es culpable, es evidente, aunque los tertulianos de “Sálvame” le quieran hacer un tribunal de honor como si fuera una Pantoja cualquiera. Su futuro procesal queda en manos de la defensa, de los recursos, de lo que diga el juez Castro pero su imagen quedará impregnada de aquellos años en los que con su marido caminaron juntos por el tejado de la tapia de la impunidad. Se creyeron Bonnie & Clyde por las calles de Pedralbes y entre la euforia de los años del pelotazo y el cursillo de empresario a distancia que había estudiado Urdangarin trataron de apoderarse de cuantos barcos cargados de tesoros cruzaron la piscina de Pedralbes. Eran tiempos heroicos de gastar a lo loco y de contratar magos a precio de joyeros para la fiesta de los niños, daba igual porque nadie reparaba en facturas. Y, por si fuera poco, una escolta de Zarzuela alejaba a los paparazzi, la única foto era la que se ofrecía de la pareja en la tribuna de un desfile. Hoy escuece recordarlo pero ante la presencia de los Duques de Palma se rindieron honores y hasta la bandera se agachó.

Las amigas de Cristina huyen de los focos mediáticos para no dar explicaciones, a la pareja le fallan apoyos para salir a cenar, quizá por eso se marcharon a Suiza dónde viven la otra vida que aquí se les agotó en cuanto aparecieron los primeros indicios. Conste que lo intentaron todo: cuando la cosa se puso oscura Urdangarin rescató del garaje un viejo coche de color verde para dar imagen de señor de su casa, pero ya no colaba. Por esos días alguien hizo una foto de la infanta llegando a su trabajo en Barcelona, detrás había un cartel tremendo: “Mango” decía.

Cristina e Iñaki nunca tendrán un cuadro en el Museo del Prado, pasarán a la Historia de otra manera más prosaica.

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La Infanta imputada

Rafael Martínez-Simancas

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