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Los barrenderos de Madrid, un problema de Estado

Si alguien tiene interés en convertir una huelga de trabajadores de limpieza, restringida a un ámbito municipal, en un problema de Estado, debería seguir el modelo fijado por Ana Botella. Si alguien tiene interés en convertir una huelga de trabajadores de limpieza, restringida a un ámbito municipal, en un problema de Estado, debería seguir el modelo fijado por Ana Botella.

La huelga ‘indefinida’ convocada por los barrenderos de Madrid que, de momento dura once días, se ha convertido en una cuestión de Estado. Ha sido así por obra y gracia de la actitud de la alcaldesa Ana Botella y de su manera de abordar el conflicto. En realidad, es muy difícil encontrar un ejemplo mejor que el que ella ha proporcionado para ilustrar cuál es la peor fórmula posible que se puede usar para enfrentarse a un problema político.

La exprimera dama empezó mal desde el principio, cuando quiso ponerse de perfil al explicar que el conflicto laboral que amenazaba con convertir la capital de España en un estercolero era un asunto restringido a la relación entre las empresas y los trabajadores encargados de la limpieza de las calles. En su opinión, el Ayuntamiento, el titular del servicio y el que cobra impuestos a los madrileños, no tenía ninguna responsabilidad en el asunto y no debía inmiscuirse en la negociación entre las partes.

Para acabar de arreglarlo, poco después, mientras la prensa internacional se llenaba de fotos de un Madrid mugriento y decadente, a la alcaldesa no se le ocurrió nada mejor que dar una rueda de prensa estrambótica, en la que se dedicó echarle la culpa a los trabajadores, en su opinión unos vándalos protagonistas de una huelga salvaje, de la suciedad acumulada y del deterioro de la imagen de la ciudad en el mundo.

Pero, lo cierto es que hasta The Wall Street Journal, cabecera de Newscorp, una empresa de la que es consejero su marido el expresidente del Gobierno José María Aznar, se mostró bastante poco amable con ella, a la hora de analizar el conflicto y calificar a sus protagonistas.

A tanto llegó el ruido que hasta la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, tuvo que contestar a algunas preguntas sobre la huelga de la limpieza madrileña en la rueda posterior al Consejo de Ministros de ayer. Lo que da una idea bastante precisa de la dimensión que alcanzaba el conflicto en ese momento.

Y así llegamos al momento en que nada menos que un viernes por la tarde, el Ayuntamiento hace algo que debió realizar casi en los primeros compases de la huelga, presentarse en el juzgado y denunciar a las empresas concesionarias por incumplimiento de contrato.

En esa comparecencia ante los periodistas de la que hablábamos antes, Ana Botella había anunciado un ultimátum de 48 horas a empresas y trabajadores para que lograran un pacto que terminase con la huelga. En caso contrario, se pondría manos a la obra. Recurriría a una empresa pública, Tragsa, para asegurar el cumplimiento de los servicios mínimos fijados.

Lo malo es que esa compañía no dispone en Madrid de trabajadores de trabajadores con la cualificación necesaria para realizar la tarea. Lo que nos lleva a otro episodio digno de una comedia de Berlanga, cuando Tragsa tiene que encargar contrarreloj a una empresa de trabajo temporal que seleccione a un aguerrido grupo de aspirantes a barrenderos con carácter de urgencia para que, tras un cursillo de capacitación de tres horas, se lancen a limpiar las calles con protección policial.

Como conclusión, y ahora que parece que el conflicto está a punto de solucionarse, quizá habría que decir que Ana Botella, muy probablemente no esperaba llegar a tanto. A ser una figura conocida en todo el mundo por sus despropósitos políticos, casi a la misma altura que el peculiar alcalde de Toronto, a hundir la imagen internacional de Madrid, y a poner en un brete al Gobierno por culpa de una huelga de basureros.

No está mal para alguien cuya principal referencia a la hora de establecer una estrategia política parece sacada de una de esas tertulias que tienen lugar a la ‘hora del té’ en Embassy, esa cafetería del barrio de Salamanca que, según dicen algunos, suele frecuentar.

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Los barrenderos de Madrid, un problema de Estado

Carlos Humanes

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