Tal vez las rutilantes estrellas del nuevo olimpo audiovisual no puedan vender sus nuevas canciones, ni en formato físico, ni en Internet, pero mantienen su capacidad icónica para que se comercialicen con facilidad tazas, llaveros, camisetas y un buen montón de artilugios similares, caracterizados por llevar estampada la efigie de la estrella. Lo mismo si es la nueva Milley Cirus que si se trata del último punk que ha muerto en Putney Bridge, a quien cantaba Ramoncín antes de convertirse en jurado de Operación Triunfo.
Con los fans hay que tener cuidado, porque pueden pegarte un tiro en la puerta de un hotel, como escribió Sabino Méndez en aquella canción que Loquillo hizo popular en los ochenta. Pero fuera de esas eventualidades son una verdadera mina que explotar. Y se trata de un limón que puede exprimirse más todavía. Lo último, de momento, ofrecer por una cantidad más bien elevada la posibilidad de hablar por teléfono con el ídolo.
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Otro invento de la industria: telefonee a un famoso
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