Si algo sorprende a los comentaristas especializados en el G20 es la desvergüenza de los trabajadores de élite del sector bancario mundial. Esos economistas laureados que fallaron pero conservan su empleo muy bien remunerado mientras buena parte del resto del mundo lo pierde. Por lo visto, no habrían tardado ni un año en volver por donde solían antes del desastre. Piensan ya en su próxima trapacería que aportará pocas novedades respecto a la anterior. Así es, porque el esquema es simple. Sólo se trata de esperar a que la caja esté llena, vacíarla y hacer desaparecer su contenido.
Con todos estos datos en la mano, pueden apostar a que, cuando se repita la estafa, las autoridades volverán a ser burladas. Tal vez habría que empezar a pensar, como sugieren hoy algunos blogs poco gratos a los teóricos neoliberales que el problemas es la escasa diferencia que existe entre las características de los estafadores y las de la policía encargada de atraparles.
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Las peligrosas coincidencias entre policías y ladrones
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