David Cameron ha tenido un arrebato de algo y se ha dedicado a enviarle cartas a los protectorados británicos (aka paraísos fiscales) pidiendo que por favor digan quién tiene qué, porque eso de la opacidad fiscal está muy feo.
Mi jefe ha aplaudido la iniciativa, porque evidentemente de nada sirve luchar contra la evasión fiscal en Villabajo si los de Villarriba van dando la bienvenida a los listillos. Pero que ojo, que esto es una carta. Diplomacia británica. Cinismo y tal. Raro es que si al tío le sacan el dedo, que es lo que probablemente suceda en primera instancia, él vaya a enviar a la Royal Navy a poner orden.
¿De dónde procede la poca confianza que mi jefe profesa hacia Cameron? Pues de un caso muy similar: la regulación de los derivados. En esa otra trinchera toda la Unión Europea parece estar de acuerdo, así como Washington, menos él. El ‘premier’ dice que a la City no se la toca. Y bueno, resulta en cierto modo comprensible por la cantidad de negocio que genera. Da de comer y esas cosas.
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Cameron y su baraja de cartas
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