Le estaba explicando a mi jefe que el Comité sobre la Supervisión Bancaria de Basilea (BCBS, por sus siglas en inglés) y la Organización Internacional de Comisiones de Valores (IOSCO) han publicado su propuesta final sobre los requerimientos que se van a exigir para que los productos derivados estén bajo la supervisión de los reguladores correspondientes. Y al llegar a ese punto mi jefe me ha interrumpido.
«En Basilea están los basiliscos». En plata: que a Basilea ni caso, que si de ellos dependiese aquí no se movía un dedo y esos productos tóxicos no iban a estar pendientes de regulación ninguna. Ahí los poderes públicos no pintan nada, y ellos deben ser los que impulsen, de una vez por todas, una regulación a escala global.
Esta clase de herramientas financieras –como los CDS o los CDO- han sido utilizadas durante años. El problema son las consecuencias. Ese es el verdadero temor de los expertos: la incapacidad de vaticinar el efecto concreto que podría tener un colapso de determinados productos porque, al no estar controlados, no se sabe dónde están ni cuántos son.
Las empresas japonesas llegaron a abril con una mezcla incómoda de confianza y preocupación. La…
El anuncio de Trump se produce a escasas horas de unos comicios considerados los más…
Tal y como explica la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, en los…
El hito marca el primer vuelo tripulado lunar en más de medio siglo y refuerza…
El choque diplomático se abrió después de que Lee Jae Myung compartiera en redes un…
En un auto al que ha tenido acceso Europa Press, el tribunal presidido por la…