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Los asesores del poder

José Luis Baltar, el mejor prototipo de cacique que de momento exhibimos, porque el último desde luego no es ni será, contrataba a militantes del PP, fuente inagotable de votos a su poder omnímodo en Orense, pero tenía una cosa buena: les daba una categoría laboral, de tantas como hay al uso, y les asignaba una salario conforme a los convenios existentes, todo con la aquiescencia dócil de ciertos sindicalistas. Era un águila Baltar haciendo chanchullos con la misma impunidad con que tocaba el trombón en las fiestas.

Porque hay otros políticos del PP – y no sólo del PP, también hay que apuntarlo – que cuando llegan a puestos de mando le imitan pero con mayor sutileza y si me apuran, incluso con más limpieza burocrática. Contratan a los amigos, familiares y compromisos con la militancia fuera de categorías, al margen de responsabilidades laborales directas y con libertad para escoger, y los incluyen en el paraíso administrativo de los asesores con el que se premia a los buenos y temerosos del líder. En las administraciones públicas los asesores aumentan todos los días.

Lo de Carromero, a quien Ana Botella conservó la condición de asesor mientras iba y venía de cárceles cubanas a madrileñas, ha puesto al descubierto que su situación no es única, que en el endeudado consistorio de la capital, la Alcaldía tiene contratados a 200 asesores — ¡doscientos, sí, no sobran ceros! –, con sueldos anuales que arrojan una media de cincuenta mil euros; es decir, no precisamente el salario mínimo que el Gobierno de Rajoy y una tal Fátima Báñez se resiste a incrementar.

La gente, que no es tonta, no sé bien si por envidia o por sentido de la responsabilidad social, pregunta y se pregunta qué hay que hacer para ser asesor de algún poderoso: cuándo se convocan las oposiciones y en qué consiste la prueba, qué titulaciones y méritos académicos hay que reunir, etcétera, etcétera. Unas preguntas para las que sólo se conoce una respuesta muy simple que muy bien podría sintetizarse en un no hace falta nada, bueno, sí, ser amigo de influyente en Génova, militante bien mandado, activista exaltado y mejor fundamentalista, pariente de mandamás… etcétera.

Tampoco está claro cuales son las funciones y las obligaciones de un asesor salvo firmar cada final de mes una nómina que no es para hacerse rico pero sí suficiente para vivir relativamente bien. Y si alguien lo duda, que pregunte a algunos de los seis millones de parados que ven con impotencia cómo sus subsidios decrecen y amenazan con desaparecer, sumergiendo a familias y familias en la indigencia que se va extendiendo por toda la geografía peninsular, no sólo española.

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Diego Carcedo

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