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¡Que socios tenemos!

En Grecia, donde los males de la crisis arrecian sin compasión, los niños tiritan en las escuelas y los enfermos se mueren de frío en los hospitales. No hay dinero para pagar la calefacción y a lo más que llegan los privilegiados es a encenderla un par de horas y procurarse leña para encender chimeneas y no acabar convertidos en témpanos. El invierno ha venido húmedo en todo el país y especialmente en el norte donde las temperaturas nocturnas ya no bajan de los cero grados.

Pero mientras tanto, en Bruselas y particularmente en Berlín, siguen apretando las tuercas a la economía helena y forzando a las precarias autoridades de Atenas a seguir haciendo sacrificios, algunos ya inhumanos, para que sus datos económicos mejoren incluso a costa de su estómago y su salud. No hay contemplación ni consideración para la situación de unas personas que en su inmensa mayor parte no han hecho nada malo para ser penalizados de una manera tan cruel.

Lo peor además no es lo que están sufriendo los griegos, más comprensible si fuese obra o culpa de algunos enemigos enfrentados en un conflicto. No. El despiadado y cruel castigo, que poco a poco se viene extendiendo hacia occidente y va aproximándose cada vez más a la península Ibérica, es iniciativa, obra e imposición creciente de sus propios socios en la Unión Europea. Uno pensaba que tener socios era para compartir lo bueno y lo malo.

Pero en esta Unión Europea descontrolada a la que pertenecemos ya casi veintiocho países, ser miembro empieza a convertirse en un riesgo de que

los que deberían compartir los problemas de sus ciudadanos y ayudarlos a resolverlos, o cuando menos a paliarlos, lo que los socios, particularmente los más poderos, hacen es imponer sus exigencias, quiero decir conveniencias, para machacarlos más. ¿Dónde está – pregunto – la solidaridad mínima que una Organización asó debe garantizar?

Si los griegos, que no son ni mejores ni peores que los alemanes, — por poner un ejemplo, sólo que sin haber cometido holocausto alguno que se recuerde –, están ateridos de frío, lo menos que podíamos hacer entre todos es ayudarles a mantener sus casas, aulas y enfermerías caldeadas. Con socios insensibles a estos pequeños detalles, quizás sea mejor renunciar a su amistad porque ya es sabido que hay amigos que matan.

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¡Que socios tenemos!

Diego Carcedo

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