Las participaciones preferentes son un tema que se ha convertido en protagonista estos días. La denuncia del “engaño” de los que los compraron y la “trasparencia” esgrimida por los que las vendieron, hace que mi jefe también quiera dar su opinión sobre todo esto a través de mi persona.
Por un lado, según me ha dicho, están los inversores, que mientras la cosa ha estado boyante ni siquiera han recordado estos activos de inversión a los que se habían comprometido, que no han leído la letra pequeña. Y por el otro, parece que los encargados de vender las preferentes las promocionaron como unos activos que no entrañaban riesgos.
Si el engaño realmente ha existido como tal, según mi jefe, es denunciable. Pues pagar por una cosa que no has comprado tiene miga, por no decir algo más fuerte, que no son horas. Ocultar información a la hora de vender un producto, sobre todo uno de estas características, sin advertir del riesgo que conlleva debería estar penado. Si me preguntan a mí, sólo espero que esos abuelitos de 80 años que tienen preferentes no terminen su vida pagando.
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El peligro de las participaciones
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