Mi jefe recuerda con cierta nostalgia aquellos viejos tiempos en que los padres aconsejaban a sus hijos que se hicieran funcionarios. Era, sin duda, una profesión tranquila y en la que la continuidad y seguridad de los emolumentos estaba garantizada. Ahora, sin embargo, no hay nada tan emocionante como la función pública. En estos tiempos, dice mi jefe, los pobres funcionarios son auténticos aventureros que nunca saben la cantidad exacta que van a cobrar. Para nada. Hace un año el Gobierno de Zapatero les aplicó un recorte de sueldo del 5% sin anestesia ni mayor explicación previa. Luego vino Esperanza le copió la idea, aunque eso sí, ella sólo lo hizo para ‘obedecer al Gobierno de España’.
Este mes, sin embargo, la política madrileña y sus consejeros han sido testigos de un error informático inesperado que ha hurtado a los baqueteados maestros madrileños un 4% de su sueldo mensual. Unos doscientos euros por barba. El hecho de que la noticia se supiera el mismo día en que Aguirre afirmó que “su Gobierno no tenía un puto duro” no deja de ser curioso. Tenía más de 200.000 euros, a esa hora. Retenidos, esos sí.
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Ser funcionario, una profesión de alto riesgo
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