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Emigrantes, parias del siglo XXI

Tener que emigrar para sobrevivir es muy duro. Se lo oí contar muchas veces a algunos de mis antepasados. Tener que emigrar para sobrevivir es muy duro. Se lo oí contar muchas veces a algunos de mis antepasados que tuvieron que cruzar el Atlántico en condiciones penosas en busca de trabajo. El problema es viejo, tan viejo como es la historia del ser humano. Hay quien tiene la suerte de ser pobre en un país desarrollado y quienes tienen la doble mala suerte de no encontrar un lugar para instalarse, vivir bajo un techo, formar una familia y comer todos los días.
 
El drama de la emigración ha cobrado dimensiones dramáticas en estos últimos años. Los países desarrollados no quieren más emigrantes y en los países  subdesarrollados no hay posibilidades de proporcionarles un presente y, menos aún, un futuro. Europa es un ejemplo de cómo todos nos hemos aprovechado de los emigrantes para hacer prosperar los negocios, para enriquecerse algunos y para contar otros con servicios que sin ellos serían inaccesibles.
                  
Con todo quizás el ejemplo más lacerante es el de los Estados Unidos. La primera potencia económica y militar del mundo ha conseguido su estatus privilegiado gracias a los emigrantes que llegaban y, a cambio de acogida, proporcionaban una contribución al crecimiento y al bienestar de los demás incalculable. Pero de esos sus gobernantes actuales se han olvidado. Estados Unidos ha sido una meta, un objetivo para muchas personas que si algo pretendían en la vida era poderse ganar un sustento.
 
Ahora a los emigrantes que residen en los Estados Unidos sin papeles, un grupo humano tradicionalmente explotado por su situación ilegal, ven su angustia multiplicada por la incertidumbre a que la política del presidente Donald Trump les ha condenado. Conozco a alguno y es terrible escuchar la angustia que les crea pensar qué suerte van a correr. ¿Volver a sus orígenes donde nadie les espera? Y no sólo a ellos, también a sus hijos y las personas que de ellos dependen. Trump y su Administración les trata con su amenaza peor que a prisioneros.
                  
Más que una política de normalización de la emigración, lo de Trump y su Administración de aspecto siniestro es saña, verdadera saña. Es muy triste que un Gobierno democrático  se olvide de que los emigrantes son seres humanos que quizás carezcan de algunos derechos burocráticos pero tienen el derecho más importante a vivir y, si me apuran, a compartir un pequeño espacio de un planeta que es y debe ser de todos, no propiedad de ningún magnate por mucho que quiera ponerle su nombre en oro sobre  la esfera.

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Emigrantes, parias del siglo XXI

Diego Carcedo

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