De vez en cuando, como en la transición española, se produce un salto generacional en los puestos de poder que acaban en manos de recién llegados con poca memoria. A veces, se considera la única opción posible para enterrar rencores y empezar de nuevo. Y quizá sea cierto, pero también lo es que se interrumpe la narración de viva voz y el tránsito de las historias entre unos y otros que permite más que mantener viva la memoria tener una imagen cercana de los hechos que se encuentran en el origen de algunos acontecimientos recientes difíciles de explicar.
Lo malo es que cuando un esquema tiene éxito suele repetirse una y otra vez, incluso cuando han desaparecido los motivos iniciales que provocaron su puesta en marcha. Si un gobernante desaparece del mapa por motivos justificados junto a él se borra a todos sus contemporáneos en un afán de renovar las caras que suele ocultar la incapacidad para renovar las ideas y las propuestas. Sin embargo, las pirámides de población han cambiado y el nuevo escenario de fusiones en el que se mueven las tendencias quizá hagan de la política un trabajo multigeneracional.
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