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El Extranjero

El 23 de junio es ya una fecha histórica que va más allá de un error de cálculo político. El llamado día de la independencia puede ser el principio de la fragmentación del sueño europeo. Continuamos adentrándonos en terreno ignoto. A los rescates de países y sistemas bancarios y la heterodoxia monetaria añadimos ahora el desgarro de la Unión Europea. La salida del Reino Unido del proyecto común va a ser traumática y costosa en ambas partes del tablero. A un lado, el fugitivo británico abocado a una negociación compleja y condenada al fracaso si aspira a mantener desde la distancia las ventajas de permanecer en el grupo. Al otro, una pléyade de socios europeos obligada a interpretar adecuadamente las causas del conflicto y acordar una respuesta común ante el desafío recibido. Un sudoku de difícil solución.

Probablemente hayan pesado más los factores emocionales que las razones en el resultado final del referéndum, indicio de la ausencia de ascendente de los líderes políticos, malestar social y falta de sintonía con las instituciones comunitarias.

El análisis de los resultados detallados del referéndum muestra un país fragmentado territorial, social y demográficamente. No sólo en su interpretación del proyecto europeísta, también en las causas de su desasosiego económico. Clase obrera, perceptores de rentas bajas y jubilados han sido las fuerzas motrices que han impulsado el Brexit. Descontentos con la gestión de la crisis y el reparto asimétrico de los costes del ajuste, probablemente hayan apuntado a su gobierno disparando contra la Unión Europea. Y si bien los déficits de representatividad democrática, comunicación y empatía de las instituciones europeas son apreciables, la gestión de la crisis financiera ha sido en el caso británico responsabilidad principal de sus gobernantes.

Recortes salariales y de prestaciones sociales, desempleo de la población con menor nivel educativo, aumento de la desigualdad social y dificultad de acceso a la oferta pública en educación, sanidad y vivienda son más el resultado del sesgo en las prioridades políticas de los recientes gobiernos británicos que la consecuencia de injerencias externas.

En este contexto, permitir que la razón de todo mal se atribuya la inmigración resulta tan cómodo como peligroso. Lo lamentable del recurso a la xenofobia es que en el caso británico es profundamente tendencioso. Ni se trata del país con mayor peso de población extranjera ni tampoco del mayor receptor de inmigrantes. De hecho, el grueso de inmigrados ha llegado recientemente gracias al dinamismo económico.

La mitad de los inmigrantes poseen estudios superiores y casi todo el resto niveles educativos medios, de modo que difícilmente son responsables del descenso en los salarios del empleo menos cualificado. Ciertamente, casi todos encuentran trabajo, pero es consecuencia de la capacidad secular de la economía británica de atraer e integrar nuevo talento. Por si fuera poco, dada su edad, cualificación y profesión, la inmensa mayoría de este capital humano es contribuyente neto al presupuesto público, No sólo son un factor de aceleración del crecimiento económico, también ayudan a sostener el estado del bienestar. Ni son responsables del destino final sus impuestos ni deben responder tampoco de las causas de la rigidez de una oferta de servicios públicos insuficiente.

Las cosas tampoco serán más cómodas para el resto del continente. Detener el efecto contagio no será tarea fácil. No sólo porque el precedente histórico evidencia a políticos y mercados que el proceso europeo no es irreversible sino también porque las prebendes y excepcionalidades inútilmente concedidas para impedir el Brexit han puesto sobre la mesa la posibilidad de una construcción europea a la carta y los intereses de cada Estado. Con presiones nacionalistas crecientes incluso en algunos países fundadores del proyecto europeo, la diversidad de velocidades de integración puede ser vista como un mal menor. Responder a la crisis con más Europa podría acabar siendo más un eslogan alentador que una realidad palpable. En este contexto, y por muchas llamadas a la calma que se sucedan, la larga negociación con el Reino Unido que se avecina no puede preverse sencilla. Ambas partes están condenadas a asumir costes de transición y pérdidas económicas al final de proceso.

Sirva la conmoción actual para comprender que las elecciones de política económica jamás son neutrales. Orientan las acciones y decisiones de los actores económicos e indirectamente acaban determinando los destinatarios de sus efectos. Tanto los positivos como los menos favorables. De aquellos polvos, estos lodos.

Negando aparentemente su europeísmo y achacando al extranjero recién llegado su incomodidad con el proceso, el Reino Unido se aísla y se trasviste de ser extraño ante sus antiguos colegas de club. Hoy, una parte mayoritaria de la sociedad británica democráticamente ha expresado que aspira recuperar una soberanía nacional moderadamente maltrecha por sus compromisos con la Unión Europea. Buena suerte le deseamos, aunque hasta el momento la única autonomía recuperada sea elegir la fecha de inicio de su cuenta atrás.

*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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