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¡Yo también quiero!

Frecuentemente, la política de inversiones en infraestructuras ha sido poco coherente y demasiado sesgada. Es bien sabido que la inversión pública en infraestructuras tiene efectos positivos en la competitividad empresarial y el bienestar de una sociedad. Las inversiones favorecen la movilidad de personas, ideas y mercancías, acortan distancias y promueven una mayor interacción entre todos, que no es poca cosa.

Pero los estudios más recientes nos indican que el impacto económico de las inversiones realizadas en España en estos últimos años es cada vez menos relevante. Por un lado, es de esperar que a medida que haya mayor provisión de equipamientos menor será la ganancia que aporte cada nueva mejora. Son los llamados rendimientos decrecientes a la acumulación del capital físico.

Sin embargo, éste no sería el principal problema en nuestro caso. Frecuentemente, la política de inversiones en infraestructuras no ha tenido la coherencia y visión integral deseables. La selección y distribución territorial de las inversiones no siempre se ha correspondido con su rentabilidad económica esperada ni tampoco se ha basado en un análisis riguroso de los costes de oportunidad existentes ni de las mejoras de bienestar que necesariamente debería generar el empleo de dinero público.

Estamos en posición preferente en longitud de carreteras de gran capacidad o en vías ferroviarias de alta velocidad. Todo un motivo de orgullo, pero también un lujo muy caro que entre todos pagamos. La rentabilidad económica de la moderna red ferroviaria sigue siendo negativa pese a atraer pasajeros desplazados del transporte aéreo y por carretera, los principales aeropuertos se convierten preferentemente en centros para el tráfico internacional pues la masa crítica de demanda interna es demasiado escasa y las concesiones de las autopistas se renegocian frecuentemente e incluso algunas acaban en costosos rescates.

Hay muchos indicios de graves deficiencias en la valoración de la demanda efectiva y los costes potenciales de las nuevas infraestructuras. No quedan apenas estudios de impacto que resistan en pie el ojo crítico de la realidad. Sobrevaloraciones de demandas, solapamientos de áreas de influencia, ausencia de conexión intermodal en nodos cruciales de la red e infravaloraciones de costes están a la orden del día en el análisis de muchos puntos de la red de infraestructuras de puertos, aeropuertos y autopistas. Son errores de diseño y previsión que conducen a exceso de capacidades, una asignación ineficiente de los recursos públicos y a desmesuras inversoras ante los que poco pueden hacer los gestores de las infraestructuras.

Tal vez sea el resultado de intereses políticos, de la influencia de grupos de presión o sencillamente de la convicción sincera de su efecto favorable en la sociedad.

Más grave aún es la evidencia de que la ausencia de una política coherente y una visión integral ha conducido a una severa distorsión de los incentivos económicos. La obsesión por construir obra nueva y en todas partes sólo ha sido posible porque no existe una percepción social clara del coste real de las inversiones. Bien sea gracias a los fondos europeos o a los superávits fiscales de las comunidades de mayor renta, la financiación parecía llegar inagotablemente a todas partes. De modo que… ¿por qué en mi ciudad no?.

En el futuro harán falta más inversiones pero es imprescindible que quien tenga finalmente la responsabilidad de gobierno promueva un profundo cambio cultural. Será necesaria una planificación más integrada entre las distintas modalidades de transporte, un diseño más eficiente y complementario, un mayor compromiso con la evaluación económica, una articulación más eficaz de los mecanismos reguladores, un marco institucional más adecuado para la colaboración con el sector privado y una atención prioritaria a las condiciones reales de competencia en los mercados de transporte liberalizados.

Son anhelos que tal vez no permitan ganar votos pero probablemente nos conduzcan hacia un futuro mejor.

*Josep Lladós, profesor de Economía de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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¡Yo también quiero!

Josep Lladós

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