Martina, mi nieta, juega con un conejo de peluche que tiene treinta y tres años, el mismo peluche que Carlos regaló a mi hija cuando nació, y al que hoy castiga Martina. Carlos ha estado, está y estará, por tanto, muy presente en nuestra casa.
Le conocí a finales de los setenta, y en todos estos años no existió entre nosotros una mala palabra ni un mal gesto gracias, por supuesto, al mérito de Carlos.
Quienes le conocieron saben de su seriedad, pero saben por encima de todo que era “buena gente”. Desprendido y dispuesto a ayudar en los temas humanos aún cuando supusiera renunciar o ceder. Un maestro con paciencia infinita.
Todo esto lo expreso porque lo viví con él, y de él, y no porque haya que dedicar palabras blancas a alguien que nos ha dejado.
Carlos era inquieto y atento, y tanto enseñaba como estaba dispuesto a absorber y aprender.
Carlos era amante de la buena conversación, de la buena mesa, del buen puro eventual, de la vida.
Unos le recordarán por un buen consejo, otros por alguna confidencia y, desde luego, por alguna buena lectura recomendada.
En nuestra memoria queda su dignidad y su generosidad. Ensalzarlo como periodista sería una obviedad, recordarle como un gran tipo es una obligación.
Seguro que el humanismo se llama así por Humanes.
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