El regulador de Nueva York ha decidido poner un ‘hombre de negro’ en las oficinas del Deutsche Bank a causa de las prácticas fraudulentas cometidas por la entidad. Uno de los grandes logros que mi jefe le atribuye al presidente de EEUU, Barack Obama, es la forma en la que ha conseguido dejar atrás la crisis financiera que asoló a Wall Street hace casi una década: con los bancos pasando por caja y restituyendo una parte de lo destruido.
Esto se ha vuelto a poner de manifiesto esta semana, cuando el regulador de Nueva York no se ha limitado a multar al Deutsche Bank con 2.500 millones de dólares por manipular los tipos de interés, sino que también ha metido en sus oficinas a un ‘hombre de negro’ para asegurarse de que la entidad ha despedido, en efecto, a los ‘traders’ que cometieron prácticas fraudulentas y para vigilar, sobre todo, que ninguno vuelva a tener la tentación de cometerlas.
Esta es, dice mi jefe, la diferencia entre Washington y Bruselas. Que en la capital de la primera potencia del mundo se han propuesto solucionar el problema sin olvidarse de los principales culpables, mientras que en la capital europea prima una especie de sensibilidad hacia las grandes entidades que debería, si es que no lo está haciendo ya, aterrar al ciudadano.
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