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Rajoy y Rubalcaba

Rajoy no es tonto y tiene fama de irónico; no se le debe de ocultar que sus elogios reiterados dañan la imagen del elogiado. ¿Qué resabio le queda a Mariano Rajoy contra Alfredo Pérez Rubalcaba con quien se relacionaba a trompicones conforme a la meteorología política? Lo pregunto porque desde que Rubalcaba abandonó la secretaria general del PSOE, el presidente del Gobierno no cesa de hacerle elogios y ponerle como ejemplo de todo lo bueno. Se supone que la intención de Rajoy es aviesa, destacar el buen recuerdo de su antecesor para criticar a Pedro Sánchez, que todavía se mueve por la política con un rodaje limitado.

Pero, uno se pregunta también, ¿por qué Rajoy no hizo alguno de esos comentarios antes, cuando Rubalcaba era su opositor? Entonces no cesó ni un momento de arrearle estopa como por otra parte es normal en el debate entre representantes del Gobierno y la Oposición. Evidentemente aquello hubiese sonado extraño, a contubernio político y no a predisposición al diálogo y al pacto. El PP y el PSOE últimamente se han entendido mejor, o por lo menos de manera más normal que en otras ocasiones, pero de ahí a pensar en un contubernio hay mucha distancia.

Tampoco parece que Sánchez esté ensayando un tono de crítica más virulento que el de su predecesor; si acaso hay diferencia sería explicable por la proximidad de las elecciones locales y autonómicas que invitan a los partidos a desplegarse en precampaña sin esperar a comer el turrón. Además, que a Sánchez no parece que las comparaciones con Rubalcaba hechas por el presidente del Gobierno le estén lesionando la imagen y, paradójicamente, la de Rubalcaba, sí.

No le hace ningún favor Rajoy a Rubalcaba poniéndolo continuamente como ejemplo. La política es así de tramposa. La gente puede pensar, si es que no lo ha pensado ya, que tanto elogio es fruto de docilidad, de transigencia, algo que desde la Oposición tiene mala venta propagandística y más tratándose de la etapa que hemos vivido en los últimos tiempos y de la cual los ciudadanos van a conservar un recuerdo muy malo durante décadas.

Rajoy no es tonto y tiene fama de irónico; no se le debe de ocultar que sus elogios reiterados dañan la imagen del elogiado, en este caso quien fue su principal adversario en los últimos años. Ignoro lo que pensará Alfredo Pérez Rubalcaba ante semejante metamorfosis conceptual de Rajoy. Pero lo más probable es que lo escuche con una sonrisa escéptica y cuando se encuentre de nuevo con él le diga sin abandonar la sonrisa: “Gracias, Presidente, pero mejor que usted no me elogie tanto”.

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Diego Carcedo

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