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Por una izquierda europeísta y competitiva en lo económico

La Unión Europea necesita que la izquierda europeísta tome las riendas para defender desde su propia perspectiva cómo avanzar en las uniones fiscal y bancaria. La Unión Europea (UE) necesita que la izquierda europeísta tome las riendas para defender desde su propia perspectiva cómo avanzar en las uniones fiscal y bancaria, en el modo en el que el Banco Central Europeo instrumenta la política monetaria y determina los tipos de interés y el tipo de cambio del euro, sobre la necesidad de adoptar medidas para acabar con la fragmentación del mercado financiero de la eurozona castigado por los diferenciales de tipos de interés y la sequía del crédito, un mercado que es cualquier cosa menos único. La Unión Europa necesita que la izquierda apueste claramente por ella, una izquierda que comprenda que no existen alternativas fuera de la misma, una izquierda que no bloquee desde el norte ni desde el sur la construcción de la Europa política. Una izquierda que sepa articular correctamente la dimensión nacional con la europea en el debate político mientras la ciudadanía siga percibiendo al Parlamento Europeo como una institución distante y poco conocida y siga expresando su voluntad política prioritaria en las elecciones a los parlamentos nacionales. En este difícil contexto, tras la accidentada y plagada de errores trayectoria seguida, los progresistas europeos debemos actuar conjuntamente.

En la zona euro y fuera de ella, en el norte y en el sur, la ciudadanía europea padece de manera similar los efectos de la crisis, y si bien en otros países ésta no viene acompañada de una crisis democrática e institucional como en España, en todos ellos la crisis social es patente.

La crisis del coste de la vida se ha generalizado en toda la Unión con la subida constante de los precios de la energía y de los servicios públicos fundamentales, con los efectos del copago en sanidad y educación, la congelación y caída salarial generalizadas y la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones. Esta realidad no es consecuencia de la crisis sino de las opciones políticas predominantes, hegemónicas, de la derecha.

En toda Europa la derecha ha optado por iniciar una carrera para mejorar la competitividad europea basada en la reducción salarial y de los costes salariales, en la devaluación interna, una carrera “hacia abajo” que es imposible ganar porque nunca podremos medirnos en precariedad y miseria con países y regiones en los que por desagracia las condiciones sociales son ínfimas, sí, a pesar de que algunas de sus industrias y sectores sean competitivos. Una estrategia, en definitiva, de desigualdad.

La igualdad contribuye a reforzar el crecimiento, de modo que desde una perspectiva de izquierda debemos perseguir la igualdad no sólo por razones éticas sino también económicas (Jesús Caldera 2014). Como él sostiene, la desigualdad y la pobreza generan altísimos costes sociales y económicos. También, a más desigualdad menos inversión en educación, menor crecimiento económico porque los más ricos tienen mucha mayor capacidad de influir en las políticas públicas para defender sus intereses individuales y no los colectivos que exigen inversión en I+d+i, educación, sostenibilidad e infraestructuras. Así mismo, la desigualdad deprime la demanda interna y favorece las burbujas crediticias y las crisis financieras por la acumulación de activos financieros en sectores sociales o incluso grupos o familias muy reducidos.

Europa debe competir desde sus empresas en talento, en educación, al tiempo que contribuye a elevar las condiciones de vida del resto del mundo. La izquierda europea ha sido la mayor exportadora de prosperidad global de la historia de la humanidad. Nuestro modelo ha sido copiado con éxito en América, en Asia… y debe seguir siendo un referente. Los europeos debemos ser conscientes de que existe un nuevo paradigma que está sacando a muchísima gente de la pobreza extrema, el de China, sin democracia ni derechos humanos, sin instituciones reflejo de las que nuestra cultura de raíces greco-romanas y universalizada en la ilustración ha intentado propagar por el mundo, al menos desde que existe la Unión Europea o antes las Comunidades Europeas.

Considerando la procedencia de la paradoja de Dani Rodrik, la imposibilidad de combinar simultáneamente democracia, globalización y Estado nación. Los países del sur podemos decir bien alto que puestos a elegir, teóricamente, todos renunciaríamos al Estado nación para vivir en una democracia global, un sueño progresista, de la izquierda, pero que sin embargo lo que hemos vivido en los últimos años “en el sur” ha sido más bien una renuncia de la democracia y un mantenimiento del Estado nación. La paradoja Rodik en los países con moneda única –o sin moneda propia- es aún más evidente porque muestra como destruye democracia dejándolos atrapados en impotentes Estado nación. En realidad, la hipotética elección entre democracia, globalización y Estado nación solo se la pueden plantear los países con moneda propia o los que conservan todos los instrumentos políticos ligados a la soberanía intactos –como el control sobre una moneda “única” a pesar de compartirla con otros estados-.

Nuestros viejos Estados nación sólo podrían ser reemplazados por Europa, una Europa que está aplicando el mismo esquema de política económica a diferentes países de la eurozona a pesar de que sus problemas son muy distintos. La burbuja inmobiliaria y el hundimiento del sector de la construcción en España y todo lo que ha arrastrado consigo, por ejemplo, ha generado los mismos efectos que un shock de oferta propio, asimétrico, agravado por la crisis financiera global, algo que exige políticas específicas y no el esquema plano que nos ha impuesto la derecha europea. Su medicina ha sido un error, algo así como haber apostado por una tecnología equivocada.

La antipática para muchos Europa, que dice al resto del mundo como debe comportarse con cierta superioridad moral, esa Europa proselitista en su realidad normativa, debe asumir que ahora existen otras opciones y que debe esforzarse más que antes. Más internamente para ser competitiva sin competir hacia abajo y más hacia fuera para demostrar que el bienestar sin democracia es sólo una conquista a medias, algo no sostenible.

Europa debe competir hacia arriba, no con países que no invierten en educación y que no protegen a sus ciudadanos. Y debe hacerlo mientras mantiene cada vez más vivo y abierto su vínculo con el resto del mundo.

*Juan Moscoso del Prado, portavoz de Economía del Grupo Parlamentario Socialista

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Por una izquierda europeísta y competitiva en lo económico

Juan Moscoso del Prado*

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