Opinión

No era tanta el hambre que tenía

Esta vez, cambió su “modus operandi” que consiste en detenerse en las esquinas para proceder gracias a la luz roja del semáforo y rogar, en el mejor estilo del Actors Studio, comida o dinero para mitigar su desgracia. El marido, a prudencial distancia, a la sombra, aguarda para recibir el botín.

Negar que hoy por hoy haya mucha gente en la isla que la pasa mal, que está muy deficientemente alimentada, que la pensión o jubilación a duras penas alcanza para tan sólo un día, que la mendicidad en las calles es lo nunca visto en la historia revolucionaria y que los hay que comen de un contenedor de basura de algún restaurante, es un hecho innegable.

Como si se tratase de una audiencia ante tribunal de justicia, la mujer se sube la blusa para demostrar que el estómago está ceñido al esqueleto, pero comete un error garrafal: son varios los tatuajes que lleva en el vientre, entre ellos una diminuta mariposa en frenético vuelo hacia el llamado Monte de Venus. Dinero para tatuarse y no para dar de comer a su hijo, doctor Watson.

El hambre, damas y caballeros, tuve el desagradable privilegio de conocerla durante la guerra en Etiopía (1977-78). No en su población civil que ya era experta en ello, sino en nosotros mismos en pleno desierto.  Nada más real que esa imagen de Chaplin en La quimera del oro. Nos jugábamos la vida no tan solo frente al enemigo, sino a la hora de comer una mínima ración de pastas mal cocinadas.

Al caso. Se le dice a la mujer que había chícharos (arvejas) ya cocinados. Además, un paquete de espaguetis de 300 gramos. Entonces llegó la sorpresa: “Chícharos ya tengo. Me llevo el espagueti” ¿De qué “hambre” estamos hablando?

Sin embargo, hay casos reales y dramáticos que por un plato de comida son capaces de arreglar un jardín a golpe de pura mano.

Nada, que ante la cruda realidad hay casos patéticos y otros que rememoran esa picaresca llegada desde España y no de África. Oportunidad tuve de comprobar que, tanto en la estación ferroviaria madrileña de Atocha como en la nuestra, los argumentos de los timadores son los mismos, que si tal enfermo, que si más cual medicamento, que si le robaron o perdió la billetera…

Algo cierto hay detrás de todo esto. El hambre es mala consejera. O tal vez, mejor: barriga llena, corazón contento.

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No era tanta el hambre que tenía

Aurelio Pedroso

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