Opinión

Mi cruce por el Canal de Suez o “¡cubanos, carne rusa!”

Partimos del puerto de Assab, en Eritrea, a bordo del crucero Almirante Najímov, un viejo buque soviético de 220 metros de eslora ocupado a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y que cumplía entonces la función de hospital flotante. Éramos unos mil hombres de regreso a casa.

Horas antes de entrar al Canal, el mando militar cubano informó que tripulantes del Najímov procederían a clausurar las escotillas de los camarotes y que debíamos permanecer ocultos en ellos hasta la salida al Mar Mediterráneo.

Ante la imposibilidad de poder apreciar tan majestuosa obra por obra y gracia del secretismo de guerra, y con la certeza de que nunca más podría disfrutar de semejante espectáculo de saltar de un continente a otro, recurrí a un viejo truco de soldado para fingir paludismo y ser hospitalizado en el octavo nivel donde se encontraba una enfermería para emergencias imposible de cerrar sus amplios ventanales.

De modo y manera que dejé fermentar algo de leche, lo mezclé con gel dental y, como bálsamo de Fierabrás, lo tomé de golpe y sin respirar. Al poco rato la fiebre estaría por encima de los 39 grados. Envuelto en una manta, tiritando de frío en medio de un calor infernal, tomé rumbo hacia donde los médicos.

En cubierta fui abordado por uno los mandos de la contrainteligencia que al explicarle el repunte de la malaria confesó que entonces me borraría de una lista de 50 hombres encargados de movernos libremente por el buque para su protección y enmascaramiento de que éramos pescadores de regreso de las bases en Yemen.

Le expliqué que no lo hiciera, que podía cumplir la misión. Y aceptó. Debíamos turnarnos cada seis horas, pero nunca lo hice para no perder ni un solo instante la histórica travesía que duró, según los desempolvados y amarillentos apuntes, 26 horas y 30 minutos. Cito textualmente: “Once horas en cruzar el Canal y llegar a Port Said, de donde salimos quince horas después.”

Fondeados en esa ciudad, como vecino un yate de lujo nombrado Odisea de Oro, estaba con mi compañero Francisco Fernández, un hombre con notables trastornos psiquiátricos provocados por la guerra, además de algo corto de entendederas. Fue él quien avisó que desde una lancha rápida, nos pedían comida.

Presto atención al ir y venir de la lancha y, en efecto, nos gritaban en perfecto castellano:  ”¡cubanos, carne rusa!”

Le aclaro a Francisco que esa no era su intención, que no reclamaban esas latas salvavidas, sino que nos estaban ofendiendo, que nos decían que éramos carne de cañón, satélites de los soviéticos. Y algo más importante, que sabían éramos cubanos.

Muy alterado, fuera de sí, les gritó hijos de puta más de diez veces para terminar en la enfermería bajo los efectos de un tranquilizante. Todavía no le había llegado la paz al pobre hombre en el Canal de Suez. Tan apacible que resultaba a la vista.

En las Las Palmas de Gran Canaria nos esperaba otro incidente. Por fortuna, inundado de humor.

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Mi cruce por el Canal de Suez o “¡cubanos, carne rusa!”

Aurelio Pedroso

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