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La primera víctima de la corrupción

El probable suicidio de Miguel Blesa, el financiero otrora todopoderoso que durante muchos años formó parte de la envidiada elite económica y política que protagonizaba con mucha frecuencia la vida pública madrileña es un suceso triste y lamentable, sin duda. Todas las muertes lo son, no importa quien haya sido la víctima. En este caso, el interés no carente del morbo que la noticia despierta, tiene una doble vertiente: por una parte se trata de un personaje público, odiado por muchos y adulado por otros, y sobre todo por haberse convertido en la primera víctima mortal que la corrupción nos recordará en su nauseabunda historia.

Al margen el hecho sin esperar a entrar en detalles, invita a una reflexión profunda. Cuando salta a la opinión pública un escándalo de corrupción y aparece en la televisión la imagen de un ilustre corrupto cabizbajo entrando en un furgón policial, es imposible no pensar lo que uno haría en semejantes circunstancias: convertido en un ser odioso y despreciable, predestinado en la calle a ser señalado con muchos dedos y sintiendo ese paso dramático de la pérdida de una forma de vida libre y acomodada a cambio de verse predestinado a pasar varios años recluido en una celda y repudiado por familiares y amigos.

El suicidio, que es la última instancia que le queda al estado de la desesperación, parece lógico que pase a convertirse en una tentación poco menos que cotidiana de quienes han caído en este estado, por mucha frialdad que tengan a la hora de afrontar los problemas. El deseo de vivir y la esperanza de salir de tan duro atolladero – sin olvidar la confianza en un futuro en el que poder compensar el sacrificio con el usufructo del dinero mal ganado – en la mayor parte de los casos es evidente que contribuye a superar esta tentación, pero siempre hay sensibilidades débiles, visiones angustiosas del porvenir que acaban sucumbiendo a la invitación de liberarse de todo quitándose la vida. La duda que deja es difícil de responder: ¿Qué es más duro, vivir en el oprobio, o pegarse dos tiros?

En algunas sociedades como la japonesa el suicidio es un recurso habitual, honroso y desdramatizado. En la cultura cristiana, no; todo lo contrario: es pecado mortal. La valentía se demuestre plantándole cara a los propios errores y asumiendo sus consecuencias, incluida la del desprestigio y el desprecio social. Blesa con su muerte voluntaria y seguramente muy meditada, quizás para alguno se esté convirtiendo en un ejemplo de dignidad y para otros de cobardía ante un futuro, ya con una condena de seis años de reclusión, que le predestinaba en un tormento. Mientras varios de su propia especie penan sus culpas en Soto del Real, Miguel Blesa ha optado por intentar suerte en otra vida.

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Diego Carcedo

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