No hay nada más pedagógico —y más peligroso— que un precedente. El mundo aprende rápido cuando ve que una operación militar puede producir cambio político, alterar rutas económicas y reorganizar alianzas sin pagar un coste proporcional en legitimidad.
La ONU, mientras tanto, queda atrapada en su papel más frustrante: convocar reuniones, emitir advertencias, pedir contención, y observar cómo el tablero se mueve sin que sus normas funcionen como freno. La legalidad internacional, aplicada de forma desigual, empieza a parecer un lenguaje de protocolo, no una frontera real.
Si saltarse las normas funciona, la norma se convierte en decorado
La Carta de Naciones Unidas se diseñó para que el uso de la fuerza fuera una excepción estricta. La práctica reciente —no solo en este caso— sugiere algo distinto: el derecho internacional se invoca como escudo o como arma según convenga.
Cuando se necesita condenar, se cita el principio de soberanía. Cuando se necesita intervenir, se invocan doctrinas de seguridad, amenazas difusas o marcos morales. Cuando lo que hay es interés estratégico, la legalidad se vuelve elástica.
Y la elasticidad es el nombre elegante de la impunidad.
Sumario: El problema no es la falta de normas, es la jerarquía de quién puede ignorarlas
El episodio deja una verdad incómoda: hay Estados que son juzgados por lo que hacen y otros por lo que representan. Unos reciben sanciones, aislamiento y castigo; otros obtienen comprensión, justificación y silencio.
Esto no produce solo injusticia diplomática. Produce cinismo ciudadano. Y el cinismo, cuando se instala, desarma la democracia desde dentro: la gente deja de creer en reglas comunes y empieza a creer únicamente en la fuerza.
La impunidad no es solo la ausencia de castigo; es la certeza de que el castigo no llegará.
La impunidad moderna no se esconde, se administra
Lo más relevante del “día después” no es el hecho militar, sino la reorganización geopolítica:
Bloque EEUU y aliados cercanos: tenderán a justificar la operación como necesaria, con énfasis en seguridad y orden regional.
Bloque China y socios estratégicos: buscarán convertir el caso en ejemplo de unilateralismo, reforzando el discurso de soberanía y no intervención.
Actores regionales: se moverán entre la prudencia y el cálculo. Nadie quiere quedar mal con quien manda el comercio, la energía o la financiación.
Europa: quedará en el centro del dilema clásico: defender el marco legal internacional sin capacidad real para imponerlo cuando lo vulnera un aliado principal.
Esto suele acabar en guerras de relato: una batalla por decidir si lo ocurrido fue “operación legítima” o “agresión”. Y esas etiquetas, en geopolítica, importan tanto como los hechos.
Europa presume de derecho internacional, pero a menudo lo practica como retórica. Si la respuesta se queda en comunicados, declaraciones y equilibrios diplomáticos, el mensaje para el mundo será el peor posible: que la legalidad se aplica solo cuando no incomoda a los poderosos.
España, que suele reivindicar el multilateralismo, tiene aquí una oportunidad difícil: no la de pontificar, sino la de exigir coherencia. Porque si el derecho internacional es un marco serio, debe ser serio con todos. Y si no lo es, entonces no es marco: es escenografía.
Cuando el derecho internacional depende del poder, deja de ser derecho
El ataque de EEUU a Venezuela inaugura un tiempo en el que la impunidad ya no es accidente, sino método: se actúa primero y se discute después, se impone el hecho y se negocia el relato. Si el sistema internacional acepta esa lógica sin corregirla, la ONU no se convierte en irrelevante por falta de ideas, sino por exceso de permisividad hacia quienes pueden saltárselas.
Y cuando la impunidad se vuelve método, lo siguiente que llega no es la paz: es la costumbre del abuso.
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La impunidad como método: el mundo después de Venezuela
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