Empezaron bien. Pero no llegarán lejos. Esto es, poco más o menos, lo que opina The Economist de las plataformas ciudadanas españolas y sus movimientos de protesta.
En un amplio informe sobre el impacto global de estos incipientes grupos destinados a renovar la sociedad civil, realizado por la Inteligence Unit, una especie de servicio de estudios propiedad del semanario, los expertos también ponen la lupa sobre los Indignados españoles.
Su resumen sobre este movimiento sitúa las raíces de su origen en las condiciones económicas negativas, la austeridad y el empobrecimiento y recuerda, sin embargo, que la motivación inicial de los indignados, a los que nombra con este vocablo castellano, era provocar un cambio en el sistema político.
Una especie de enmienda a la totalidad de la democracia española. El problema detectado por estos expertos es que, en su intento de huir de cualquier formato más o menos ortodoxo para organizarse y buscarle un sentido práctico a su descontento, habrían fallado a la hora de formular una alternativa política coherente.
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