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El rescate de Chipre vuelve a enfrentar a Alemania con los europeos del sur

Los ciudadanos chipriotas acaban de sumarse a la creciente ola antialemana que se ha instalado en los países del sur de Europa. Unas naciones, ninguneadas por los actuales dirigentes germanos y que, sin embargo, realizaron un esfuerzo decisivo para propiciar la reunificación del país teutón en 1990.

Aunque la fecha histórica de la unión de las dos alemanias que separaba el muro de Berlín fuera el 3 de octubre del año anteriormente mencionado, la decisión de hacer converger en un cambio de uno por uno los marcos de ambos países tuvo unas consecuencias económicas que se extendieron durante muchos años más y que exigieron esfuerzos conjuntos a los propios ciudadanos alemanes y a sus socios de los otros países europeos.

Tantos y tan complicados que políticos conservadores de la época como la británica Margaret Thatcher y el italiano Giulio Andreotti se opusieron a ella. De hecho, al segundo se le atribuye una famosa frase: «me gusta tanto Alemania que querría que hubiera dos para siempre», que ahora repetirían muchos europeos de distintos países e ideologías.

Y, en aquellos años, el apoyo proporcionado al entonces canciller alemán Helmut Khol por el presidente español Felipe González resultó decisivo. Sin esta ayuda los políticos alemanes de la época hubieran encontrado muchas más dificultades para llevar a cabo un proyecto que resucitaba de hecho a la gran Alemania que intentó someter a Europa en la primera mitad del siglo XX y provocó dos cruentas guerras.

Según recuerdan algunos expertos económicos que vivieron con intensidad aquellos años, Berlín necesitaba entonces una política expansiva que le proporcionara crecimiento económico. Un elemento esencial para apuntalar la difícil digestión que suponía para la boyante República Federal Alemana absorber Alemania Oriental, el país de donde, por cierto, procede la actual canciller Angela Merkel.

Para crecer, Alemania necesita exportar y para conseguirlo se olvidó por una vez en su historia de su tradicional marco fuerte y optó por una suerte de devaluación encubierta con cotizaciones que permanecieron, más o menos estables, durante casi una década, por medio de mecanismos de fijación de tipos de cambio como el famoso Sistema Monetario Europeo con el que terminaría George Soros.

Muchos países europeos se precipitaron hacia la crisis económica como consecuencia de esta mezcla política. Y, aunque su resolución fue mucho más rápida que la actual, el periodo recesivo dejo instalados en el sistema unos desequilibrios estructurales que, aún condicionan al tejido productivo europeo.

De ese modo, el lanzamiento del euro ya se produce con una primera tara inicial, incluida en la fijación de los tipos de cambio irrevocables que se establecieron entre las monedas nacionales el 1 de enero de 1998. Un handicap inicial que ya favorecía a Alemania.

Pero no sería la único. Como Alemania estaba interesada en conseguir mercados y, sobre todo clientes, que no pudieran contrarrestar su poder exportador con devaluaciones competitivas, impulso una unión monetaria incompleta, en la que faltaba la homogeneización fiscal y muchos de los mecanismos de control y salvaguarda cuya carencia ha sido puesta de manifiesto por la crisis actual.

Esa captación de clientela tiene también una relación directa con el interés demostrado por Berlín por incorporar al euro a los países del Este. Lo mismo que la fragilidad de los supuestamente inamovibles criterios de Maastricht que tendrían que haberse constituido en la piedra angular de la unión, pero que tanto Alemania como Francia dinamitaron cuando les interesó que su déficit público superara el 3%.

En el caso alemán, además, este desfase se prolongó durante un periodo de seis años, cinco desde la introducción física del euro en enero de 2012. Unos años en los que, sin embargo, los estados despilfarradores de los países ahora intervenidos como España o Irlanda tenían sus cuentas perfectamente ajustadas.

Durante todo ese tiempo, además, tras la creación del Banco Central Europeo se mantuvo una política de tipos de interés bajos que interesaba a Berlín pero no a los países del sur cuyos precios aumentaban irremisiblemente sin que la autoridad monetaria les aplicara la medicina necesaria para asegurar su control.

Y lo curioso es que ahora que los demás lo necesitan, Alemania se niega a devolverles la solidaridad que recibió. Exige consolidación fiscal sin ofrecer la contrapartida de aumentar sus sueldos, tolerar una cierta cantidad de inflación e impulsar su mercado interno para, desde su poder económico, convertirse de verdad en la locomotora europea que tendría que ser.

En lugar de eso, continua con las políticas de excedente de ahorro y distribución desigual de la renta que contribuyeron a provocar la crisis y aprovecha la inestabilidad para financiarse más barato que el resto. Algo que siempre ha hecho, excepto en el lustro subsiguiente a la introducción del euro.

Y ese excedente de ahorro, no sólo ha financiado las burbujas de los países del sur de Europa, con las entidades financieras germanas en busca de inversiones rentables con tipos de interés altos. También ha contribuido a distorsionar los incipientes mercados de derivados financieros y productos híbridos que desencadenaron la crisis.

Y hasta tal punto que muchos analistas argumentan que sin un nuevo Breton Woods que redefina las reglas financieras de la economía mundial, va a resultar imposible dejar atrás este periodo aciago.
 

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El rescate de Chipre vuelve a enfrentar a Alemania con los europeos del sur

E.B.

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