Los reguladores neoyorquinos advierten a los responsables del mayor banco alemán que su filial estadounidense lleva años emitiendo informes de dudosa calidad y en los que no se puede confiar. Cuando el todopoderoso presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, visitó Madrid la semana pasada volvió a repetir el último gran mantra alemán: la falta de transparencia –y, por extensión, de credibilidad- de algunos países de la zona del euro ha traído la crisis al Viejo Continente. Se olvidó de mencionar, sin embargo, la falta de transparencia –y, por extensión, de credibilidad- que arrastra desde hace años el mayor banco del continente. Un banco que, casualmente, debería estar bajo su tutela directa.
El último escándalo en torno al Deutsche Bank tiene su origen en Nueva York. Según una información publicada por el diario The Wall Street Journal, la Reserva Federal de esta ciudad emitió el pasado mes de diciembre un demoledor informe en el que se acusa a la filial estadounidense del gigante financiero germano de emitir informes “de mala calidad, inexactos y en los que no se puede confiar”. “La magnitud de estos errores hace pensar que todo el área de la filial dedicada a elaborar informes regulatorios debe ser revisada”.
La misiva, con fecha del 11 de diciembre, asegura que el Deutsche Bank no ha hecho “ningún progreso” a la hora de solucionar toda una serie de problemas de los que previamente se le había informado. Los reguladores aseguran que los errores y el dudoso método de obtención de datos, que luego son utilizados por ellos mismos, los economistas y los inversores para analizar las operaciones financieras pertinentes, se llevan sucediendo años.
El autor de la carta, Daniel Muccia, advierte de una posible “quiebra sistémica” que “expone a la entidad a un riesgo significativo” al margen del escrutinio regulatorio. En otras palabras: que sin contar las sanciones que pudiesen llegar al buzón de Fráncfort, esta mala praxis podría tener consecuencias todavía más dramáticas para el banco.
De momento, la Reserva Federal de Nueva York sólo ha mandado la advertencia. La nota de aviso. O, en inglés diplomático, una sugerencia de que las cosas deberían cambiar. Un mensaje para que los responsables del banco tomen las medidas oportunas para subsanar estos errores y revisen, de nuevo, todos los papeles señalados ante la posibilidad de que se vuelvan a requerir. De no hacerlo, las autoridades estadounidenses podrían ir más allá y, directamente, intervenir las actividades de la entidad.
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