Una mata de mangos floreciendo en el contexto del nuevo año.
Entonces, como en uno de los mejores westerns de la historia con duelo incluido de Charles Bronson versus Henry Fonda, ese “espagueti” de Sergio Leone y banda sonora del genial Ennio Morricone, y me refiero a Érase una vez en el oeste (Once upon a time in the West), estamos haciéndole frente al nuevo año.
Es que no faltan razones. Sobran para ser precisos. De los viejos tiempos del lejano oeste hasta nuestros días de la “sabelotodo” Inteligencia Artificial, está en pie esa sentencia de que el hombre lento está condenado al fracaso, a no sobrevivir. Ley del “oeste”, del este, del norte y del sur.
Te asomas a la ventana del dormitorio para ver sorprendido cómo florece la mata de mangos del vecino, (Bronson miraba el reloj del pueblo) y te percatas que una vez más el burócrata inmortal se impondrá a la naturaleza y al sentido común para que los mangos vuelvan a alcanzar precios celestiales cuando muy probablemente los cerdos se coman la mitad o más de la cosecha. Jamón de mangos para envidia de aquellos de bellota.
Las flores del árbol son de un amarillo chillón que cualquier pintor de fino pincel no podría igualar. Un amarillo que en muchos países no es muy bien aceptado por ancestrales costumbres de los pueblos. “Amarillo” es sinónimo de cobarde. En Cuba, los viejos lo saben. “Fulano” se “amarilló”.
Reina tal tonalidad en estos tiempos en la isla. Muchos le temen a la verdad. Algo cuidan. Las excepciones son brillantes como la de ese diputado que en pleno Parlamento cantó un par de verdades como en el cuento del danés Hans Christian Andersen con ese niño que fue capaz de anunciar a “vox populi” que el rey adulado iba en cueros.
2026 será un año crucial para la supervivencia de un proyecto revolucionario que necesita revitalizarse no con viejas consignas, sino con actos de verdadera audacia y bienestar popular, con gobernabilidad y credibilidad porque de lo contrario, el duelo será pura escenografía. El más veloz en desenfundar se llevará la victoria.
Fue precisamente lo que hizo Charles “Armónica” Bronson. Lo demás quedará como material para un hipotético filme que podría titularse «Erase una vez Cuba”, acompañado del sugestivo “basado en hechos reales”, con un Jason Robards espantándole una soberana nalgada a la espectacular Claudia Cardinale y, herido de muerte, pronosticar que “esto será un gran pueblo”.
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