Categorías: Opinión

El coladero

Todos los días se conocen nuevos datos sobre la intensa actividad desarrollada por el catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos Enrique Álvarez Conde en su doble función, de gastrónomo y de convalidador de asignaturas y expedidor de títulos de máster. Un verdadero récord el que pronto verá confirmado el doctor del aprobado fácil aunque quizás caro, en el Guinness, este formador nada riguroso de nuevos profesionales. Echando un vistazo a sus obras completas, lo primero que asombra es su capacidad de trabajo, la facilidad para estampar rúbricas, la proclividad a lanzar a la actividad cotidiana a expertos, cuyos conocimientos se les suponen, pero enseguida se han visto compensados con cargos públicos y alta capacidad de decisión.

La verdad es que sorprenden muchas de las gestas que se le atribuyen al señor Álvarez. Su aportación al nivel del conocimiento sólo se muestra tranquilizadora cuando se insiste que, entre tantos avales profesionales como ha expedido o contribuido a expedir, no figura ninguno ni para médico ni para arquitecto. Porque en caso contrario, muchos ni pisaríamos un hospital ni nos arriesgaríamos a caminar por la acera de un edificio de varias plantas. Pero si inexplicable es la enorme capacidad de don Enrique para multiplicar el cohecho y la prevaricación académica en beneficio de sus correligionarios políticos, más inexplicable resulta aún que la ejerza en el marco de una Universidad que creíamos seria.

Claro que no siempre parece que el señor Álvarez Conde haya actuado en solitario. También ha contado con la ayuda de profesores, mayormente profesoras, sobre las que ejercía su influencia a la hora de abreviar expedientes, de saltarse procesos y de evitar pasar lista en las aulas. Su caso es tan grave que no despierta sospechas de que tenga imitadores ni alumnos aventajados en la especialidad de las trapisondas, en ninguna otra Universidad ni de este país ni de los alrededores. Su nombre ya ha conseguido perpetuarse como legendario: Siempre será el profesor añorado por alumnos vagos, pero con pudientes, y alumnos absentistas de las aulas pero ambiciosos con poder.

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El coladero

Diego Carcedo

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